La última ofensiva etarra, que pretende dañar el turismo y presionar al Gobierno para que vuelva a negociar, no debe ocultar su progresivo debilitamiento
10 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Solo diez días después de asesinar a dos guardias civiles en Mallorca, ETA dio ayer un golpe de efecto con la colocación de tres artefactos explosivos en una ciudad en máxima alerta policial y con grandes medidas de seguridad, donde la familia real pasa sus vacaciones. El pasado 30 de julio puso dos cadáveres más encima de la mesa y logró un notable impacto mediático en toda Europa, ya que la isla es un importante destino turístico internacional, multiplicado porque aún estaban recientes la terribles imágenes de la casa cuartel de Burgos arrasada por un coche bomba la jornada anterior.
No cabe duda de que la banda pretende perjudicar los intereses turísticos españoles, una constante en su actuación desde finales de los años setenta, aunque estas campañas veraniegas hayan sido escasamente eficaces. Pero los atentados de ayer son sobre todo un desafío propagandístico después de que las fuerzas de seguridad activaran un gran operativo para capturar a los terroristas que mataron a los agentes Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá.
El objetivo de esta ofensiva de ETA es demostrar que la vía policial no servirá para derrotarla en un momento en que el Gobierno ha reiterado que no habrá más diálogo con los terroristas. En el comunicado en el que reivindica sus últimos atentados dice expresamente que su meta es «una solución política y dialogada». En su enloquecida lógica, cree que solo matando conseguirá presionar al Gobierno y lo obligará a volver a sentarse a negociar.
¿Se puede seguir sosteniendo que ETA está más débil que nunca, como viene reiterando el Gobierno, después de su última ofensiva? La respuesta es que, pese a haber recuperado la iniciativa, está muy debilitada. La banda se encuentra en una encrucijada y ha emprendido una huida hacia adelante con todo su potencial, que en todo caso es mucho menor que el de hace años. Aún puede hacer mucho daño, pero esto no debe hacer olvidar el mal momento por el que atraviesa.
Sus máximos dirigentes son detenidos cada vez más rápidamente, al igual que los autores de los atentados. A los continuos golpes policiales, que muestran una impecable colaboración hispanofrancesa, hay que sumar los políticos y judiciales. La sentencia del Tribunal de Estrasburgo que avaló la ilegalización de Batasuna ha representado un durísimo revés para los terroristas y sus adláteres, ya que acaba con su letanía victimista que pretendía pintar a España en el mundo como un Estado que no respeta la democracia. Por otro lado, los dos grandes partidos han recuperado una unidad sin fisuras.
La posición de Batasuna
Rubalcaba -bestia negra de los etarras al que han citado más de 40 veces en sus comunicados en los últimos dos años- ha advertido que Batasuna prepara ahora una operación para aparentar que condena la violencia y reclamar la vuelta a la legalidad. El ministro del Interior ha adelantado que no permitirá lo que calificó de farsa. Esto supondría que los proetarras no podrían participar en las próximas elecciones municipales, con la consiguiente pérdida de fondos públicos e influencia que representaría para la izquierda aberzale. Pero la crisis etarra no acaba ahí. Destacados dirigentes presos se han atrevido a reclamar el final de la violencia.
Los expertos calculan que el núcleo etarra, los terroristas que planifican y cometen los atentados, baja del centenar, pero también que solo se necesita un puñado de fanáticos para causar daño. ETA está rabiosa y desesperada y ataca con todo.