Centenares de directivos desalojados del Parque de las Naciones deambularon durante horas por las inmediaciones
10 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La imagen no puede ser más surrealista: ancianos en chándal y jóvenes ciclistas esquivan a decenas de ejecutivos de traje y corbata que hablan por el móvil, con el miedo y la incredulidad aún reflejados en sus ojos, en medio del carril bici que transcurre paralelo a la M-40. Parece una yincana en las inmediaciones del Parque de las Naciones, pero no lo es. Los restos todavía humeantes del último coche bomba que se ven a los lejos explican la extraña escena. Un ejecutivo de Morse, compañía informática que tiene su sede en el edificio contiguo al de Ferrovial, parece no creer lo que ve desde el otro lado del puente. «Los bomberos están rompiendo ahora los cristales de la sala de reuniones de la quinta planta. Hoy [por ayer] desde luego no vamos a trabajar», explica por el móvil a un compañero. No es el único. Centenares de empleados de Regus, Total, Cepsa y sobre todo de Ferrovial y Endesa estaban ayer en la misma situación. «No sabemos qué ha sido de nuestra oficina ni de nuestros coches», explica Juan, uno de los trabajadores de la constructora que poco después de las 7.30 horas aparcó su automóvil «muy cerca» de donde estalló la furgoneta. «Tenemos simulacros de desalojo varias veces al año y por eso hemos sabido vaciar el edificio en cuestión de minutos, pero una cosa es un ensayo y otra es ver cómo las oficinas en las que pasas tantas horas se tambalean por un bombazo», dijo el ejecutivo de Ferrovial, según el cual los operarios necesitarán varios días para reparar las oficinas de los dos edificios más cercanos a la explosión. Edificios dañados Dos mujeres de mediana edad ataviadas con vistosas zapatillas de deportes y no más discretos chándales siguen con avidez las explicaciones de Juan. Han oído algo de una bomba de ETA, pero todavía no comprenden por qué su carril bici parece una convención empresarial. El viento hace todavía más gélida la imagen de los edificios con sus ventanales rotos. Para muchos trabajadores, el espectáculo es demasiado duro. En cuestión de minutos, los bares de la cercana calle Silvano se convierten en el refugio de estos vagabundos, a los que ETA ha dejado por unas horas sin techo y atrapados en los arcenes de la autovía.