Los barones exigen poder en el PP

ESPAÑA

04 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

«Me presentaré con mi propio equipo, que anunciaré el día anterior a que se celebre la votación en el Congreso». En esta frase pronunciada por Mariano Rajoy el 11 de marzo, dos días después de la derrota, se concentran buena parte de los problemas que hoy aquejan al PP. La obsesión por rodearse de una guardia pretoriana fiel ha llevado a Rajoy a dejar en el camino a un nutrido grupo de diputados y dirigentes regionales críticos con su estrategia que amenazan su liderazgo. Casi todo el partido, incluidos sus más entusiastas colaboradores, había entendido como una despedida el «adiós» emocionado del líder del PP en el balcón de Génova la noche de las elecciones. En ese momento, la maquinaria de la sucesión se puso en marcha.

Esperanza Aguirre, que no quiso aparecer en el balcón junto a Rajoy y escuchaba su discurso unos metros detrás, dio el primer paso junto a sus medios afines para aprovechar el aparente vacío de poder. La rapidez y la firmeza de su apuesta sorprendieron al resto de los aspirantes y a todos los que esperaban decir algo en ese relevo. El temor a que Aguirre se hiciera con el control del partido en una rápida maniobra unió a los posibles delfines contra ella. En apenas 24 horas, todos renunciaron aparentemente a sus propias aspiraciones y se volcaron en una cerrada defensa de Rajoy al que pidieron que continuara al frente del PP.

Ruptura con Aguirre

El 11 de marzo Rajoy compareció para anunciar su decisión. Las llamadas de los jefes regionales le habían animado. Pero, por encima de todo, quería evitar que Aguirre fuera su sucesora. La escena que esta le había montado en su despacho para impedir que Gallardón fuera en la lista del Congreso había roto todos los lazos con una mujer a la que antes tenía aprecio.

Rajoy era consciente de los riesgos que entrañaba esa operación de intentar un tercer asalto a la Moncloa. Sabía que el apoyo con el que contaba era circunstancial. Decidió seguir, pero sin aceptar cuotas de poder en Génova o en el Congreso de ningún barón. Casi nadie le creyó cuando dijo que lo haría con su propio equipo. «Entre otras cosas porque ese equipo no existía», asegura un dirigente popular. Poco tardó en dejar claro que iba en serio.

Los nombramientos

El nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz en el Congreso fue una apuesta tan arriesgada que sorprendió a propios y extraños. Pero fue con los nombramientos en los segundos niveles del Congreso con lo que Rajoy mostró su obsesión por rodearse de gente absolutamente fiel. Y se dio la voz de alerta en todas las familias. Rajoy no solo prescindió de Zaplana, sino que laminó a todo el que había tenido contacto con él en el Grupo Parlamentario; un número considerable de diputados bien capacitados y con influencia enfrentados al presidente del PP.

Ese deseo de una guardia de corps lo llevó también a apartar a dirigentes afines a Rato con los que había contado en campaña. Rajoy nunca se ha fiado de la retirada política de Rato y el hecho de que no le prestara apoyo alguno más allá de su muda presencia en un mitin en Barcelona consumó ese temor. El resultado ha sido la marginación de Juan Costa, ex ministro de Industria y una de las personas más cualificadas del PP, que elaboró el último programa electoral. Costa renunció a un sueldo multimillonario por ayudar a Rajoy y ahora se ve en la perspectiva de cuatro años cobrando 3.000 euros.

Lo mismo sucede con Pizarro, un fichaje estrella que había demostrado sin embargo que no iba al PP a recibir órdenes. Ni siquiera de Rajoy, que lo consideraba un peligro en circunstancias de debilidad por su excesiva proximidad a Aguirre. Era uno de los pocos hombres fuertes en el Congreso pero se quedaba también fuera. El sueldo anual de Pizarro y Costa juntos como diputados apenas llega a una nómina mensual en sus anteriores empleos, lo que los lleva a formar parte del grupo de diputados enfrentados a Rajoy.

Los hombres de Camps

Pero entre el equipo del que hablaba el líder del PP tampoco han tenido cabida los hombres de quienes más lo han apoyado, como Camps. El escudero de este, Esteban González Pons, que aspiraba a la portavocía del Congreso, se quedaba también sin cargo. Ese repliegue tan fuerte de Rajoy en el Parlamento le ha obligado a hacer gestos hacia personas como el propio González Pons, con el que se ha reunido y se le ha visto en público en varias ocasiones, para evitar que engrosen el grupo de agraviados. Al dirigente valenciano y a otros desilusionados les ha dicho que cuenta con ellos en el Parlamento y en el partido tras el congreso de junio.

El resultado de este proceso es que Rajoy controla el Grupo Parlamentario pero al precio de tener enfrentados a un número considerable de diputados, de procedencia heterogénea. Fuentes del PP cuantifican en más de un tercio el número de escaños opuestos a la estrategia del líder popular, aunque con diferentes matices. Nadie en el PP contempla una indisciplina en las votaciones durante estos cuatro años, pero sí que tanto Rajoy como Sáenz de Santamaría tendrán problemas de orden interno en la legislatura.

La cintura del líder popular

Parece claro que Rajoy no podrá repetir en el congreso de junio ese esquema de rodearse exclusivamente de fieles sin afinidad a otros barones. En primer lugar, como indica un dirigente del PP, porque apenas le quedan personas con ese perfil. Y en segundo, porque los barones que le están ayudando en la batalla contra Aguirre exigirán puestos clave para estar bien posicionados de cara al posible relevo. Arenas, con más de 400 delegados, pedirá cargos en la ejecutiva, como Camps y, en menor medida, otros dirigentes como el gallego Núñez Feijoo. De la cintura de Rajoy para acceder a esas peticiones sin debilitar excesivamente su liderazgo dependerá que el congreso se cierre en falso o que salga fortalecido para un tercer y último intento por llegar a la Moncloa.