Evocando a Nemo y a Cousteau

Joaquín Merino MADRID

ESPAÑA

Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Fish Club Acaba de «amerizar» en Madrid, trae ambiciosos proyectos y es un homenaje al mar según García de Vinuesa: uno rememora al comandante Cousteau y su Calypso

31 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

En el comedor principal, alumbrado por una luz tenue, peces exóticos aparentemente felices nadan entre burbujas moradas en sus acuarios, y en la gran pantalla situada sobre la pared del fondo aparecen constantemente espléndidas imágenes de la vida submarina en todo su fulgor. Las lámparas son medusas cabeza abajo y sus tentáculos o filamentos se aferran al techo ocultando los cables eléctricos: ¿serán una parábola del calentamiento global y sus letales efectos sobre los mares? Y esto es sólo la introducción al recién inaugurado restaurante Fish Club, o Club del Pescado, of course (P. de la Castellana, 188, Madrid, tno. 647 501 147), porque el comensal noctámbulo podrá cenar sin prisas (de 11 a 1 entre semana y hasta las tres de la madrugada los fines de semana) en el lounge-restaurante de la planta sótano, destinado a convertirse en club privado desde ya y sobre todo en el futuro, ahora en plan gratuito para los clientes de confianza y el día de mañana mediante una pequeña «fee» de 1.000 a 1.500 euros mensuales: me lo cuenta la gentil propietaria, Elvira Briso, quien antes triunfó en Londres con dos bares de tapas bajo el común epígrafe The Finca. Y a lo que iba: allá abajo el cliente cenará sobre un «mar» de peces de colores, apoteosis del homenaje fashion a la mar océana firmado por los arquitectos Vinuesa-Sobrino. Y, pasando de la virtualidad a la potabilidad, ¿cómo se comporta el pescado en su propio club? Digamos, ante todo, que existe un menú cotidiano de degustación (lunes a viernes) para ejecutivos por 20 euros, incluídos bebida, postre y café, cuya relación calidad-precio me pareció excelente para un lugar como éste. Hay que elegir los primeros y segundos platos entre tres opciones, y los postres entre dos: de los primeros, el salmorejo andaluz con lascas de jamón ibérico y huevo me pareció estupendo y el bacalao con pimientos rojos, que prometía, absolutamente insípido, mientras que los mejillones «gallegos» me dejaron muy preocupado. No tuve más remedio que explicarle los porqués al joven y simpatiquísimo jefe de cocina Carl Borg, hijo de madre andaluza y padre sueco, aunque se le note más lo primero, y me debe un full report . Por lo que se refiere a la carta grande, llena de ofertas apetitosas, las vieiras asadas con caldo de piel de patata, huevas de trucha y capuchino, muy bien de elaboración y presentación, me parecieron no menos foráneas. Entre los platos de cuchara, dos, las verdinas estofadas con carabineros y el arroz al gusto: no hay concesión alguna a la carne y otros pecados. Especial mención merece sin duda el capítulo de vinos, en el que reina y gobierna el ubicuo, diligente y joven, como el resto del elenco, Oscar Cárdenas. Me alegró y asombró saber que prácticamente cualquier caldo, salvo los multimillonarios, puede ser consumido por copas y aproveché tan raro privilegio para comenzar con un pouilly fumé más que potable y entregarme luego a las lujurias del Terrases: Alvarito Palacios habrá sentido que salió virtud de él.