Franco visto por los treintañeros

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA VOZ | MADRID

ESPAÑA

ASÍ LO VEN SEIS JÓVENES CINEASTAS | Distantes y desinteresados «Entre el dictador y yo», que se estrena mañana en 150 salas españolas y europeas, refleja la mirada perpleja y distante sobre el franquismo de seis directores nacidos entre 1975 y 1980

18 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

«En España hablamos de Pinochet y a Franco ni se le menta. ¿Cómo puede ser que mi generación sepa más del dictador chileno que del español?», se plantea Sandra Ruesga (Madrid, 1975). «Sé mucho más de los problemas de la sociedad alemana con Hitler que de la española con Franco. A mí me han educado en una idea de Franco como si fuera Tutankamón», admite Elia Urquiza (Pamplona, 1979). Ambas son directoras de cine y junto a otros cuatro compañeros (los catalanes Raúl Cuevas, Guillem López y Mònica Rovira y el sevillano Juan Antonio Barrero) firman los seis cortometrajes que componen el singular documental Entre el dictador y yo, en el que indagan los rastros de la figura de Franco en su memoria. Todos han nacido entre 1975 y 1980, por lo que pertenecen a una generación que no conoció de primera mano el franquismo. Este filme, financiado principalmente por la Generalitat, se proyectará mañana de forma simultánea en 150 salas españolas y europeas. Las miradas de estas jóvenes promesas del documental reflejan su perplejidad, su desconcierto, sobre el llamado generalísimo y su huella. «Creo que la película es más sobre la ausencia de Franco que sobre Franco mismo», afirma Urquiza. «Yo nunca me he sentido implicada emocionalmente en el debate sobre Franco, es como si hubiera pasado hace 500 años y, sin embargo, sí lo estoy contra Pinochet», concluye. Indiferencia Esa sensación de sentirse ajenos a Franco no es exclusiva de esta generación, que forma parte de ese tercio de los españoles que no vivió bajo la dictadura. Según una encuesta divulgada ayer por la Ser, Franco produce indiferencia al 55,5% de los ciudadanos -a los que se podría añadir el 7% que no sabe o no contesta-, rechazo sólo al 29,8% y nostalgia al 7,6%. Cuando se pregunta a los ciudadanos su valoración sobre el régimen, el 63,7% lo consideran negativo, el 13,3% positivo y un altísimo 23% no se pronuncia. «Lo más curioso es que para mi generación Franco no es casi nada, aunque lo más bonito sería decir que es una sombra que nos oprime», reconoce Urquiza, que se centra en su documental en la figura de su abuela, viuda de un militar, a la que define como «apolítica», una persona que se adaptó a las circunstancias. «El discurso que me llegó fue el de mi abuela, muy difuso, muy oscuro, que se resumía en que era mejor no hablar del tema», añade. Ruesga califica como «afranquistas» a aquella mayoría silenciosa que nunca se rebeló contra la dictadura, pero tampoco era ferviente partidaria, como sus padres. En su corto les hace una serie de estremecedoras preguntas, mientras en la panatalla salen imágenes tomadas en super 8, en las que se la ve de niña, junto a su familia, en una excursión al Valle de los Caídos. Les recrimina que nunca le hablaron de quién era Franco, lo que hizo que ella no fuera conciente de qué había significado hasta que tuvo 23 años. Un tercer corto incide también en el silencio y el olvido con que los padres y los abuelos rodearon la figura de Franco. Mònica Rovira trata de encontrar respuestas en su abuelo nonagenario, que había sido alcalde franquista, pero éste prefiere no recordar. En su corto, Barrero acude a ver los restos del Azor, hoy abandonados en medio de la meseta castellana, y se pregunta con desdén e ironía: «¿Cuánto tiempo cuesta desmantelar para siempre el dormitorio de un dictador?». Especial, «Treinta años sin Franco» en