Vaya por delante una confesión: cuando hace dos semanas pronosticamos en esta crónica la inminente resurrección de Aznar (y la de Anguita ) basándonos en algunos indicios inequívocos, no imaginábamos que lo haría de forma tan perjudicial para los intereses del Partido Popular. Con estilo abrupto sí, porque su gusto por el bronquismo es anejo al personaje. Pero no comprometiendo tanto al sucesor que él, y solo él, nombró, ni al partido al que tanto servicios prestó. Reapareció el pasado martes, como saben, cuestionando la legitimidad de la victoria de Zapatero y posicionándose frontalmente ante la política de Rajoy hasta insinuar la petición de voto negativo en un futuro referéndum sobre la Constitución europea. Lo primero no lo haría un hombre de Estado. Lo segundo, tampoco un hombre respetuoso con su partido. Pero resucitado Aznar, lo interesante ahora es la posición de Rajoy, la respuesta de Fraga , la orientación de los barones del PP y, sobre todo, la reacción de los líderes del empresariado y las altas finanzas. Una pista inequívoca la daba el titular a cuatro columnas en portada del diario económico Expansión del miércoles pasado: «Estupor en el PP por la reaparición de Aznar». Ese día en el restaurante Príncipe de Viana de Madrid estaban en distintas mesas José María Cuevas con varios empresarios más, Rodolfo Martín Villa que almorzaba con Emilio Ybarra , Eugenio Galdón con un periodista, Rafael Suñol , ex presidente del BCI, con José Enrique Serrano actual director del Gabinete de la Presidencia el Gobierno, Jaime Terceiro , ex presidente de Caja Madrid, con otros hombres de empresa, etcétera. La conversación del día allí -y en docenas de escenarios similares- era la reaparición de Aznar y la portada de Expansión , diario de lectura obligada para los presentes. Pero lo más sorprendente era la acidez de los comentarios hacia el ex presidente del Gobierno. Nada de comprensión tipo «qué difícil es marcharse», etcétera. No. Lean estas frases textuales recogidas en distintas conversaciones (bien sabido es que a esos restaurantes se va a comer y sobre todo a saludar): «Se fue porque quiso cuando todos le pedíamos que se quedara, así que ahora debe dejar en paz a la gente que abandonó». Peor aún: «Este hombre acabará rompiendo el instrumento que tenemos para volver al poder». O, a modo de conclusión: «Si las acciones de Aznar cotizaran en Bolsa, después de estas declaraciones, habrían caído a la mitad». Inapelable sentencia. Pero lo grave no el desplome del crédito de Aznar entre esas gentes de dinero acostumbradas a pasar a pérdidas o a amortizar en el balance cualquier inversión fallida o inservible. Lo preocupante es el riesgo de fractura del instrumento que les permitirá volver a gobernar. Al ex presidente del Gobierno debe reconocérsele el haber unificado ese partido fulminando las baronías e integrando bajo las mismas siglas todo el voto conservador, desde el centro a la extrema derecha. Pero los movimientos de ahora tienden a quebrar ese capital y a crear dos polos que pueden terminar en dos candidaturas distintas o, al menos, en una profunda división que haga muy difícil la convivencia interna: una de centroderecha con Mariano Rajoy como líder natural, apropiado y legalizado en las siglas PP, con Ruiz Gallardón y Rato como líderes de referencia complementarios, y otra corriente nostálgica de las etapas en las que predominó el imperio de la crispación, bajo la inspiración de Aznar y con un líder por determinar. Zaplana y Acebes , estarían en esa onda a juzgar por el apoyo que reciben -por encima de Mariano Rajoy- de la orquesta mediática que todavía suena con partitura aznarista. Otra cosa es que de Zaplana siempre se tema que cualquier falla valenciana lo chamusque y que Acebes salga inmolado de la Comisión de Investigación del 11-M porque cada día está más claro que la Policía le decía una cosa -sobre todo ya en la tarde del 12 de marzo, mientras interrogaban a los hindúes- y él contaba al país lo que Aznar quería oír. Ante esa situación tan grave, Rajoy ha reaccionado como debía -advirtiendo que él es el único con capacidad para marcar la política del PP- y Fraga como cabía esperar: recordando que él sí supo marcharse y dejar hacer a su sucesor, que no fue precisamente amable ni exquisito con él. Fraga ha cosechado estos días un reconocimiento generalizado. Pero todo esto no basta. Aznar, a quien no se le contará bien el rechazo que genera, no se retirará de escena como debiera. Rajoy no se asentará a corto plazo como sería deseable. Fraga ya ha dicho lo que debía y poco más puede hacer porque bastante tiene con organizar debidamente su propia sucesión. El problema es para el resto del partido que navega entre el líder sólido que les abandonó pero amaga con seguir mandando a distancia y el sucesor, que es políticamente correcto, pero que no acaba de convencerles, sobre todo porque dudan de su capacidad para desbancar a Zapatero a corto plazo. Y el desconcierto alcanza a las empresas mediáticas afectas porque reciben consignas contradictorias. A todos esos dubitativos, por si les sirve de orientación, hay que hacerles saber que la derecha económica no tiene dudas ante la disyuntiva: para ellos Aznar está amortizado y Rajoy, aunque no les apasione, por lo menos les cuida el partido-instrumento para volver a gobernar. Y con el tiempo Dios -y Zapatero a su izquierda- dirá lo que tenga que decir.