Con un tono distinto pero con la misma letra, Julio Anguita y José María Aznar , ex líderes de Izquierda Unida y Partido Popular, interpretan estos días la canción Volver, volver, volver . Ambos negarán con sinceridad que quieran regresar, pero quizás es que crean íntimamente que no se fueron nunca. Así, al menos, lo perciben los entornos de Gaspar Llamazares y Mariano Rajoy . Anguita, para anunciar su regreso-«solo para recuperar presencia y ganar el debate interno sobre aqeullo que interesa a los ciudadanos»-, ha aprovechado la crisis de Izquierda Unida que no para de bajar en todas las elecciones desde que El Califa se fue. Había sido favorecido en su ascenso por la pérdida de crédito del PSOE a mitad de los 90. Llamazares se juega el cargo en una Asamblea a final de año y allí atronará el verbo bíblico de Anguita, no tanto para presentar alternativa como para apoyar la restauración de sus tesis. Y de alguno de sus fieles, como elegido, si es posible. Comienzo discreto Aznar no ha anunciado su vuelta explícitamente pero ya cabalga de nuevo en las conversaciones del Congreso, y diputados del PP sugieren que pedirán su comparecencia en la Comisión de Investigación del 11-M. Esa comisión ha comenzado discretamente porque el PSOE -aunque no tiene nada que perder- no quiere bronca, y el PP, fortalecido Mariano Rajoy por el resultado de las europeas, parecía desear también una faena de aliño dado que la gestión del 11-M no es lo más brillante de sus ocho años de Gobierno. Con esa perspectiva, solo los grupos minoritarios -especialmente ERC e IU- parecían dispuestos a agitar el oleaje. Pero en esto resucitó Aznar y manifestó que está dispuesto a declarar en la comisión, lo que querían evitar los socialistas, para que no citaran en compensación a Zapatero , y también la dirección del PP. «Cada vez que se vuelve a hablar de la guerra de Irak no nos favorece», sostiene la ex ministra Ana Pastor . Ni cuando se habla del 11-M, ni cada vez que Aznar centra la atención, piensa Rajoy. Al sucesor designado le tocó la difícil tarea de hacerse un hueco sin quitarse a su mentor de encima en toda la campaña electoral y, perdidas las elecciones, seguimos igual: que si el libro de memorias o la polémica exclusiva de firmas en El Corte Inglés, que si el viaje a Estados Unidos con entrevista con Bush y su yerno Alejandro Agag pegado a él en todo momento cerrando operaciones... Solo faltaba la comisión del 11-M para revolverle el patio a Mariano que había comenzado a tomar ritmo brillante en el Congreso marcando a Zapatero en las sesiones de control. Los partidarios de la restauración aznarista, algo mohínos desde el 13-J, se han revitalizado con su eventual reaparición. La Comisión, se teme, puede terminar a medio verano y como el rosario de la aurora. Maragall, la gota malaya Los que se fueron incordian a los que quedaron y otros enredan lo que pueden sin irse. El caso más destacado es Pasqual Maragall , verdadera gota malaya de Zapatero. Contarán oficialmente lo que quieran pero andan francamente mal. A principios de junio, según ha sabido La Voz, Ernest Maragall -«el hermano que gabierna la Generalitat porque Pasqual, de hecho, solo reina», como dicen en Barcelona- se entrevistó en Moncloa con José Enrique Serrano, poderoso director de Gabinete de la Presidencia. Convinieron que, para escenificar que no hay tanta discrepancia, organizarían un almuerzo entre los dos presidentes. «Lo único es que Pasqual quiere ir a Vitoria a ver al lendakari», anunció Ernest. Las condiciones de Moncloa entonces fueron claras; que no vaya antes de las elecciones del 13-J o contaminará la campaña y con una distancia prudente entre el encuentro con Zapatero y su visita a Vitoria para que no parezca que es enviado por Madrid. Así lo acordaron. pero no se cumplió. A dos días del pacto, Zapatero supo que la visita se haría -y se hizo- el 19 de junio, sin tiempo para el encuentro previo. Aún más: Maragall dijo lo que dijo del Plan Ibarretxe y tuvo que corregirle en Barcelona, en el Fórum, la vicepresidenta Teresa Fernández de la Vega . A los pocos días pidió que los diputados socialistas catalanes formaran grupo propio en el Congreso, al margen del PSOE, y le tuvo que decir Pepe Blanco que ni siquiera es posible jurídicamente. Se desmarcó el ministro Montilla alegando que «ésa no es una reivindicació del PSC». Y añadió: «Nuestra principal preocupación es gobernar Cataluña y participar en el Gobierno de España», que es como decirle que a ver si se ocupa de lo esencial y se deja de enredos. Rotundamente, un importantísimo dirigente socialista declara a La Voz: «Pasqual se olvida de que está en clara minoría en el seno del PSC con esas ocurrencias. No sólo del PSOE, del PSC». En Barcelona a eso le llaman «maragalladas» porque el personaje es así y con la edad va a peor. Oscila entre la genialidad de inventarse el Fórum Universal de las Culturas para una ciudad que ya había tenido Expo y también Juegos Olímpicos y estos desaguisados que la derecha española celebra porque nutren a los columnistas de la acorazada medíática que andan un tanto desconcertados pero en franca reorganización. Y que con la resurrección de los dos brazos de la pinza -Anguita y Aznar- se unirán entusiastas al coro del mariachi. Atentos a la música que suena.