Ana Moreiras, una viuda de 57 años, provocó una explosión de gas y acabó con su vida para evitar ser desalojada de su casa
08 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Ana Moreiras era una persona normal hasta ayer. El día que decidió morir para cumplir el capricho de quedarse para siempre en el sitio que ella creía su hogar: el segundo piso de un inmueble situado en el número 24 de la calle Andalucía de Málaga. Una casa como otras muchas, antigua y con pocas comodidades, en un edificio de cuatro plantas situado en un barrio de clase media. Nadie se explica por qué, pero Ana, una viuda de 57 años, quiso morir antes que mudarse a cualquier otro lugar. Media hora antes de las diez de la mañana comenzó la última batalla de su guerra anónima: abrió las espitas del gas de todas las bombonas y esperó. Preparaba una recepción especial a los funcionarios que a las diez de la mañana iban a desalojarla del piso en el que vivió los últimos cinco años. Al contrario de los rumores difundidos ayer, Ana nunca había dejado de pagar la renta. El motivo del desahucio, según un redactor del Diario Sur , era simplemente que los dueños del inmueble no querían renovarle el alquiler. Quince minutos antes de la tragedia, la inquilina avisó civilizadamente a los bomberos de que iba a hacer estallar una bombona de butano. Algo que los vecinos del bloque donde residía la mujer ya habían hecho de una forma mucho más histérica. Advirtió de sus planes Tanto el agente judicial, que portaba la orden de desahucio, como los inquilinos del resto de viviendas, estaban muy asustados por el fuerte olor a gas que llegaba incluso a la calle. Fue entonces cuando comenzaron a tomarse en serio las amenazas de Ana. A las diez y veinte de la mañana, cuando se produjo la explosión, ya estaba instalado todo el escenario que imaginó la suicida: el despliegue de los bomberos, el cordón de la policía, los vecinos desalojados y los conocidos de Ana paralizados, entre aterrados e incrédulos. En cuanto se derribó la puerta de su casa, encendió una cerilla y todo voló por los aires. La mujer murió en el acto, mientras que otras nueve personas resultaron heridas, entre ellas cinco bomberos y un policía. Todos permanecen ingresados en distintos centros sanitarios de Málaga. El que estaba peor, Atilino García, un hombre que en el momento de la explosión estaba junto al edificio, pereció horas después del siniestro. La deflagración se escuchó en toda Málaga. Fue tan fuerte que muchas personas, que en ese momento comenzaban su jornada laboral, creyeron que habían sufrido un atentado o un terremoto. A consecuencia del estallido, la planta segunda del edificio quedó totalmente destruida. Agentes de varios cuerpos policiales debieron evacuar a más de 40 familias. El alcalde se apresuró a asegurar que la estructura del edificio siniestrado no estaba dañada y que la mayor parte de los vecinos volverán pronto a sus casas. La gente que trataba a Ana tardó más en reaccionar. Necesitaron escuchar historias como que ella debía dinero desde hacía años o que vivía con un montón de gatos para comenzar su rosario de desmentidos. Los que la conocían juran que era una persona muy normal. Ayer fue su primer y último día de locura. Con ánimo de parar la apisonadora en la que se convierten los comentarios, un amigo íntimo de la fallecida estuvo hasta bien entrada la noche llamando a los medios para desmontar casi todas las crónicas: «No estaba loca, era una mujer amable, divertida y muy moderna. Es cierto que nos dijo a todos que cuando llegaran los del desahucio se iban a enterar, pero nadie pudo creerla». No sirvió de nada. Unos vecinos seguían especulando: «Quiso salirse con la suya por una vez». Otros, los más cotillas, se atrevían con hipótesis más amarillas: «No quiso abandonar la casa en la murió su marido el año pasado».