Los vecinos recuerdan que la presunta asesina de Rocío Wanninkhof era «muy fría y nunca hablaba» Tiene el rostro pétreo, la voz baja y la mirada de hielo. María Dolores Vázquez, Loli para los allegados, usó durante años estas armas para ser la estricta gobernanta de un hotel de lujo de Marbella, El Sultán, pero dejó el puesto en 1999 por decisión propia. En la guardería del establecimiento también trabajó su presunta víctima, probablemente gracias a su influencia. Los empleados se niegan a recordar cómo mandaba esta mujer, nacida en Betanzos, que vive en una casa de Mijas llamada El Retiro.
12 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Se marchó de Galicia hace más de 30 años. Dolores era esa vecina correcta, pero no amable, que pasa como un fantasma por el mundo. Sus vecinos sabían que hablaba varios idiomas, que era culta, seria y reservada. Algo acrecentado por el escaso roce entre los habitantes de El Chaparral, una zona residencial de temporada, donde la sospechosa tiene una casa, El Retiro. Desde hace cinco años, su vida está marcada por las cargas familiares. Su madre sufrió un derrame cerebral que la dejó impedida. Pero Dolores, que practica las artes marciales y hace pesas, se basta y se sobra para levantarla en volandas de la cama a la silla, de la silla al baño... El dueño del quiosco en el que cada mañana compraba el periódico la recuerda como una mujer «muy fría que nunca hablaba». Tenía «gestos muy masculinos y aspecto de practicar algún deporte de lucha». Esa es la clave del carácter de Dolores, cuyos rasgos violentos sólo afloran de cuando en cuando. María del Carmen, su vecina de enfrente, lo pudo comprobar un día, ya hace años, cuando la recriminó porque dejaba la basura en la acera que estaba frente a su casa. «Ten cuidado, que sé karate», le contestó Dolores. En los días siguientes, las iniciales de su nombre, MC, aparecieron pintadas junto a una cruz en un muro de su chalé. Las vidas de Dolores y Rocío se cruzaron hace más de veinte años, cuando Alicia Hornos se separó de un marido, que se trasladó a Holanda, y fue acogida por ella. Hoy, Alicia recuerda a la que fue su amiga íntima como alguien «posesiva, envidiosa y agresiva». Las peleas con Rocío, también de carácter fuerte, eran constantes. Ambas amigas se separaron cuando Alicia se compró otra casa en la misma zona. Tras el asesinato, participó al menos en tres batidas en busca del cuerpo de la joven, se encargó de llevar leña a la familia, consoló al abuelo materno de Rocío y volvió del funeral con las amigas de la muerta. Cuando la detuvieron le dijo a una vecina, «María, cuida de mi madre» y después se dirigió a sus captores: «Yo no he hecho nada».