Durango, entre el dolor y el miedo

ÍÑIGO CORRAL Enviado especial DURANGO.

ESPAÑA

Los vecinos de la localidad vizcaína sienten la muerte de un «hombre bueno», pero prefieren no hablar Es un miedo extraño el que se siente en algunos rincones del País Vasco, un miedo frío, que está ahí, que no se manifiesta, que pocos admiten, pero que se reconoce cuando uno se acerca a él. Cuando uno se acerca, por ejemplo, a las calles de Durango, en las que un «hombre bueno» cayó el domingo abatido por los disparos de ETA. A veces, da la sensación de que hay tanto miedo como pena en este pueblo acosado por los violentos. Los ciudadanos de Durango prefieren callar su rabia ante este asesinato.

05 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

«Han matado a un hombre bueno». Es lo que todos piensan en Durango, mejor, lo que todos dicen, porque pensar, piensan otras muchas cosas, pero no las quieren decir. «¿De qué vale», contestan a modo de excusa. Quizá ese sea parte del problema, que la gente ya no sabe de qué vale hablar, opinar. Es mejor protestar en silencio. «Han matado a un hombre bueno», dice, por ejemplo, la propietaria de una céntrica cafetería de Durango. Pero hasta ahí. «No quiero que pienses que tengo miedo, pero ¿de verdad sirve para algo que aparezca mi nombre en la prensa para decir lo que pienso de ETA?». Es un miedo extraño el que reprime a esta mujer que ronda los 70 años, pero real. Probablemente, nunca vaya a convertirse en objetivo de ETA, nunca su vida llegue a correr peligro, pero hay otras cosas. El País Vasco, al fin y al cabo, no es tan grande. «Si quieren pueden hacerte la vida imposible y estropear el negocio», replica. A muy pocos metros del local se encuentra Gohen Kale, una calle repleta de bares, algunos de ellos convertidos en auténticos altares de devoción a los etarras presos. Da la impresión de que toda la gente de EH en Durango se conoce. Un joven de pelo largo y con pendiente en la oreja izquierda se sorprende tras la barra de un bar cuando un desconocido le pide el Gara. «Ez da erretzeko» (no es para quemar), le espeta al cliente. «Egon lasai, bakarrik irakurri nahi dot» (tranquilo, sólo es para leerlo). Ni siquiera el hecho de que la conversación transcurra en euskera tranquiliza al jarraitxu. Tal vez pensó que su interlocutor pudiera ser un zipayo, término con el que denominan despectivamente a los ertzainas, o algún madero en busca de información. Por eso, cuando el cliente se despide con un agur, el barman le responde: «Adiós». No es fácil no ser nacionalista en Durango. Sus calles continúan estos días, con el cadáver de Jesús María Pedrosa aún allí, llenas de pintadas, con las siglas del PP bajo un punto de mira, y acusando a sus dirigentes de asesinos y carceleros.