Una generación entre los extremos

PRENSA ESCUELA - Colegio Internacional Eirís A CORUÑA

ESCUELA

La polarización en la que viven inmersos los más jóvenes es el reflejo de un malestar que no tiene fronteras

03 mar 2026 . Actualizado a las 13:05 h.

En las calles, en las pintadas, en los colegios, en las redes sociales… No hay más que dar una vuelta por los lugares que habitualmente los jóvenes transitan para darse cuenta de que algo ha cambiado. Si bien siempre han sido más propensos a defender ideas radicales, a arriesgar y a fijarse sus propias causas, no deja de llamar la atención que precisamente aquellos a los que les debería corresponder transgredir límites añoren los de una dictadura que no han vivido.

No han vivido ni el franquismo ni la Transición pero, aún así, hablan de ambos con una seguridad sorprendente, con consignas que nos trasladan a la España de hace casi cien años; el lenguaje épico es estremecedor. Algunos reivindican figuras del pasado y todo lo que conllevaban aquellos tiempos; otros los rechazan con la misma intensidad. Lo cierto es que, tanto de un lado como del otro, el debate ha resurgido con fuerza en un momento en el que parece que la política se ha convertido en un campo de batalla. Lejos de ser un espacio de diálogo, ha pasado a transformarse en un choque de identidades primero y en una guerra en la que todo vale más tarde.

A pesar de basarse en datos tomados de la Historia, estas opiniones radicalizadas no parecen provenir de la desinformación histórica, más bien del descontento general con la política actualmente y con la búsqueda de soluciones inmediatas a problemas que son más complejos de lo que aparentan. Marta Lois (decana de la Facultad de Ciencias Políticas de la USC) señala que las redes sociales «exercen unha influencia moi relevante nas ideas políticas da mocidade, especialmente pola súa capacidade para difundir mensaxes simplificadas, emotivas e, en ocasión, desinformadas». Explica la experta que las redes sociales han contribuido mucho en la visibilidad y la popularidad de los extremos, ya que se han convertido en altavoces de todo tipo de discursos que la gente repite y esparce por todas partes, el famoso logaritmo, como señala Lois «favorece a polarización ideolóxica e amplifica discursos extremos de odio».

En una encuesta y varias entrevistas realizadas a 148 jóvenes (estudiantes de Secundaria y Bachillerato de diferentes centros de A Coruña), se puede comprobar que un 21,6 % afirma que no votaría a ninguno de los partidos principales, con argumentos como que «no hay ningún partido competente que asegure no mentir en la actualidad», lo que corrobora el clima de descontento general. El desencanto está encarnado en chicos de 15 a 19 años que apenas han comenzado a vivir.

Otros, sin embargo, se muestran más conciliadores y buscan alternativas que unan en lugar de dividir: «Haría falta un partido interclasista con el que todos o casi todos estemos a gusto» sugiere un adolescente de 15 años. Esta idea convive con la de otro joven de la misma edad que menciona que «ningún sistema político es perfecto, pero habría que intentar mejorarlo sin destruirlo todo».

En el extremo derecho, algunos jóvenes miran al pasado con una mezcla de curiosidad y rebeldía, mientras que, en el otro extremo, el izquierdo, reivindican una ruptura total con lo que les suene a tradición. Ambos casos comparten un mismo impulso, la necesidad de forjar una identidad política propia en una sociedad que, a menudo, parece dudar de sí misma.

Para la mayoría de estos jóvenes el franquismo no es un recuerdo sino una narración; historias que escuchan en documentales, en las redes sociales, en los colegios o que les relatan sus abuelos, muchas veces contradictorias entre sí. La distancia temporal que hay con el pasado hace que los cuentos y los hechos se sientan con menos carga emocional y más como ideas que cada uno interpreta a su manera. Para algunos, simboliza tiempos que hay que superar definitivamente, para otros, una etapa de la que hay que recuperar ideas que creen que están perdidas. En ambos casos la historia deja de ser datos para ser banderas.

Francisco Gómez, un joven que ya ha finalizado sus estudios de Ciencias Políticas, analiza su entorno y pone causas a este fenómeno: «Una moda, un cambio de ciclo y el error de la izquierda. Si hablamos a nivel de España, la izquierda lleva gobernando siete años y estas nuevas generaciones han vivido bajo un gobierno de coalición de izquierdas y lo que perciben después de tanto tiempo es que ese gobierno no ha cumplido con ellos: la vivienda, la precariedad laboral y un factor esencial a tener en cuenta, que es que la derecha radical controla muy bien los medios digitales, que es donde se mueven estos chavales».

Gómez pone datos sobre la mesa: el más de millón de seguidores que el comunicador de 24 años Vito Quiles acumula en redes sociales, vídeos con más de 5 millones de visualizaciones. Nadie puede competir con esto o, aplicando un símil futbolístico, subraya Francisco Gómez que es «como un Barcelona o Real Madrid contra los demás». En redes sociales los jóvenes se topan con una plataforma en la que cualquier opinión puede ser aplaudida o criticada en cuestión de segundos. Los algoritmos premian la polémica y los mensajes que obtienen mayor atención son los de los extremos, todo esto hace que la visibilidad se confunda con la razón y la influencia con conocimiento. Marta Lois afirma al respecto que «a falta de expectativas vitais estables, incerteza…algunhas persoas mozas, influídas polas redes, idealizan o pasado como resposta á frustración presente, obviando a ausencia de liberdades, dereitos e pluralismo político durante a ditadura».

El debate también se mueve a las aulas, donde los profesores se encuentran con un dilema en las clases: cómo enseñar hechos del pasado sin que se conviertan en trincheras ideológicas. La educación, más que nunca, se enfrenta al reto de formar ciudadanos críticos y no seguidores fieles. Sin embargo, en muchas ocasiones, el cansancio de un sistema saturado hace que la historia se reduzca a fechas y nombres, sin dejar sitio al análisis y a la reflexión. Docentes de diferentes centros señalan que  comienza a ser común oír a adolescentes mostrando una añoranza hacia la dictadura citando lugares comunes. Varios jóvenes a los que hemos preguntado no tienen problema en manifestarse al respecto, pero sí en que se les nombre. Llamamientos al cambio urgente «ya que lideremos el paro en la UE como en el aspecto social por el tema de la okupación o de la inmigración ilegal» se mezclan con llamamientos a restaurar la dictadura en una amalgama de temas y cuestiones que usan una y otra vez los argumentos que se escuchan en redes sociales.

Lo que ocurre en España no es un caso aislado, en buena parte de Europa y América, los jóvenes han adoptado posturas más marcadas hacia los dos lados. En Francia, en Italia y en Estados Unidos por ejemplo, las nuevas generaciones tienen la sensación de que el sistema no les ofrece respuestas. El descontento es universal aunque se exprese con distintos símbolos. La polarización, en este sentido, es el reflejo de un malestar que no tiene fronteras.

El debate público es ahora una competición por ver quién tiene razón en vez de buscar entender al otro y encontrar soluciones. En los medios, los mensajes moderados pasan desapercibidos, los grises ya no llaman la atención, de esta forma, las posturas que si buscan entender al otro quedan arrinconadas. Los jóvenes crecen escuchando más eslóganes que argumentos y el resultado de esto es una política emocionalmente intensa pero intelectualmente pobre.

Tal vez la verdadera cuestión no es por qué los jóvenes están radicalizados, sino por qué sienten la necesidad de estarlo. En un tiempo donde todo parece inestable, el empleo, la vivienda, incluso la verdad, las ideas firmes resultan reconfortantes. Lo preocupante no son las ideas de cada uno, sino la falta de espacios en los que esas ideas puedan traducirse en diálogo. Recuperar la conversación, los matices y la escucha quizá sea el primer paso para construir una política que vuelva a unir en vez de dividir.

 Autores:

  • Rafael Pereira da Silva
  • Telmo Fidalgo Arrojo
  • Alejandro Freire Fernández
  • Paula Driscoll Nieves
  • Sara Parral Torres
  • André Novales Valbuen

Profesoras-coordinadoras: Mila Patiño Castiñeira y Sonia Menán Reguera.