Cataluña en el corazón

> Fernando Pariente

ESCUELA

Marta Pérez

La identidad es un juego de capas que se define tanto en la historia compartida con otros como en los trazos que afirman la singularidad

24 oct 2012 . Actualizado a las 13:18 h.

Llegan vientos con amenazas de secesión. Muchos catalanes, casi de la noche a la mañana, dicen que son mayoría quienes viven en Cataluña y no se sienten españoles y, por eso, quieren independizarse, separarse del resto de España. Es una situación complicada porque nuestra Constitución no pone fácil el procedimiento de secesión e intentar hacerlo fuera de la Constitución entraña riesgos y peligros con resultados difíciles de predecir.

Cuestión de identidades

La identidad hunde sus raíces en la historia y en el ADN de Cataluña están muchos siglos de vida compartida. Algunos catalanes actuales, quizás más de los que imaginábamos, no parecen sentir esta vivencia, pero es un hecho que la Cataluña que perdura en la historia tiene esa pertenencia como uno de los rasgos de su identidad. Tiene también sus peculiaridades que la hacen diferente a los otros pueblos y ciudadanos de España, tiene su lengua, el catalán que le es propia, pero que comparte con otras zonas vecinas, tiene sus costumbres, su arquitectura, su folclore, su música, su gastronomía.

Estratos de identificación

Pero la identidad se compone de cientos de rasgos, algunos exclusivos, otros compartidos. Y en ese conjunto de rasgos los catalanes comparten muchos con unos u otros del resto de ciudadanos de España. La identidad no está formada por una parcela restringida de rasgos, sino por el conjunto de todos ellos. Cataluña no tiene la misma identidad que Aragón, ni que Valencia, ni que el País Vasco, ni que Castilla, ni que cualquier otra zona de España, pero todas esas identidades entrecruzan entre sí sus rasgos propios y forman una identidad que las abarca a todas y se llama España. Esa identidad se ha ido fraguando a lo largo de muchos siglos de historia favorecida por circunstancias geográficas y políticas. Una península separada de Europa por un gran barrera de montañas, unos acontecimientos históricos que llevaron a la unidad bajo el imperio romano, a la disgregación tras las invasiones bárbaras, al sometimiento a los musulmanes a partir del siglo VIII, a un largo período de recuperación del territorio, de interacción con el islamismo, de nacimiento y desarrollo de distintas lenguas, para terminar al fin en una vuelta a la casi unidad lograda en el siglo XV por la vía pacífica de la fusión de los reinos por los matrimonios de sus monarcas. Fuera quedó solo Portugal. Esas raíces de la historia, no compartidas con ninguna otra zona del mundo, son las que dan su identidad a esta nación que ocupa la mayor parte de la península ibérica, en la que también se incluye Cataluña. Durante siglos de organización y vida en común se fueron fraguando tanto los elementos individualizadores de cada zona como los aglutinadores del conjunto. Quien quiera ver solo los individualizadores no está viendo el conjunto del cuadro y puede equivocarse enormemente. Quien pretenda, por el contrario, mirar solo a los aglutinadores se equivoca también y está abocado a cometer gravísimos errores.

Este juego de identidades no se agota en la identidad española, sino que la trasciende porque también las raíces de la historia nos han hecho compartir circunstancias con otras gentes de territorios próximos. Europa es, por ahora, nuestra capa de identidad inmediata superior, porque durante muchos siglos hemos compartido con distintos pueblos europeos realidades culturales como el camino de Santiago, la religión cristiana, los estilos y modos de construir, el románico, el gótico, las universidades, el conocimiento y desarrollo científico, y también grandes sufrimientos provocados por numerosas guerras entre unos y otros.