Ni soberbia ni chantaje


En poco más de 24 horas ha habido más encuentros bilaterales entre los principales líderes políticos que en toda una legislatura. Eso demuestra cuánto ha cambiado el panorama tras el 24M. La necesidad de pactos hasta para respirar ha abierto vías de diálogo que hace tan solo unos días parecían impensables. Y eso, que es bueno en sí mismo, tendrá otro efecto benéfico, permitirá a los líderes profundizar en las conversaciones sin dejarse llevar por la tentación de hablar para la galería, como ocurre cada vez que tienen los focos delante. Lo que no significa, en el extremo contrario, caer en el hermetismo con el que están llevando los encuentros. Las nuevas formas de hacer política deben incluir también un cambio de actitudes que desechen las bravuconadas y los maximalismos y potencien el respeto al adversario, que es la máxima expresión del reconocimiento de la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Los electores distribuyen el poder según determinado orden de preferencias, pero en manos de los políticos queda concretar quienes lo tienen para gobernar y quienes para controlar desde la oposición. Suya es, por tanto, la responsabilidad de que las instituciones funcionen. Y deben hacerlo desde una doble consideración: los españoles les han encomendado diálogo y pactos, pero no les ha dado igual fuerza. Así que el mayoritario no puede pretender un contrato de adhesión del minoritario, ni este puede atrincherarse en el chantaje. Sobran tanto la soberbia como los funambulismos en forma de esperpénticas sumas de siglas, componendas según el lugar y acuerdos contra natura que traicionan la voluntad del votante. Y quien lo haga lo pagará dentro de solo unos meses.

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Ni soberbia ni chantaje