De lo que hablan las urnas


En el lenguaje, siempre figurado, de los políticos, las urnas «hablarán el domingo». «Acataremos lo que digan», se escucha natural y afortunadamente. No, por ejemplo, a Yolanda Díaz, que habla de gobiernos legítimos o ilegítimos según le vaya la fiesta en ello. El hombre de la foto traslada un montón de urnas construidas con planchas de metacrilato, plástico resistente y transparente, hacia un colegio electoral. Tiene esa mirada del que espera a que le cuenten algo, quizás un adelanto de los resultados, qué pasará en su pueblo. Si fuera así perdería el tiempo, porque las urnas no abren la boca hasta que llega el último votante. Después, lo que digan puede acabar siendo justo lo contrario de lo que suceda. O sea, que ganando el partido X acabe gobernando la coalición Y. Es la democracia, claro, que autoriza la suma de los pequeños. Las urnas no se paran a pensar si en esa entente de lo primero que se va a hablar es del número de asesores que tendrá cada partido, ni que los intereses, desvelos y problemas de los ciudadanos quizás pasen a segundo, tercer o cuarto plano. Esa tarea, pensar en qué votar y a dónde irá a parar ese voto, y para qué, la deja en las manos de los electores.

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