Cualquier actividad profesional es dura para quien la desempeña. A algunos, la vocación atenúa los sinsabores de estar ocho horas con la tensión de hacer bien su trabajo, pero a otros muchos ni con la vocación les llega. Si tuviera que destacar una profesión que me resultara imposible de sobrellevar sería la de profesor, fundamentalmente de niños y adolescentes. Hay que nacer para ello. La responsabilidad de estos docentes es infinita. De cómo impartan sus clases, en cierta medida va a depender la personalidad de sus alumnos el día de mañana. Son cientos los ejemplos que podríamos citar de personajes que atribuyen buena parte del mérito de haber llegado tan lejos en sus trabajos y en la vida en general a aquel profesor o profesora que alimentó su afición al estudio y a ser un ciudadano de provecho cuando solo era un niño. Por el contrario, un mal profesor puede hacer un daño irreparable. No solo deben impartir docencia los que mejor expediente académico tengan, sino también los que superen las oportunas pruebas, de las cuales se entresaque que han nacido para ser maestros. Los lumbreras no necesariamente son los mejores. Serán los que más matemáticas, historia o lengua sepan, pero no quienes mejor la enseñen.
Mis respetos a este colectivo tan maltratado por algunos padres que no asumen que sus retoños, en ocasiones, merecen suspender o ser reprendidos. Nuestros hijos, por mucho que lo anhelemos, no siempre son mirlos blancos. Admitámoslo.