Ejercicios: la munición de otra guerra 

Una parte esencial del aprendizaje o una tortura. Los deberes no dejan indiferentes a los escolares ni a los padres. Una parte de ellos les han declarado la guerra


¿Quién inventó los deberes? Es la pregunta que todo estudiante se formula y que incluso se plantean muchos padres. Los primeros porque ven como su jornada no termina cuando suena el timbre. En casa, los esperan más ejercicios. Los segundos porque cuestionan su utilidad. ¿Sirven para algo? Las tareas fuera del aula son una costumbre arraigada al aprendizaje que comenzaron a extenderse en España a finales de los años cincuenta. Los estudios arrojan datos contradictorios. El informe de los informes, PISA, elaborado por la OCDE, la organización de los países más industrializados, reconoce que hay una correlación entre las horas invertidas en el estudio y el rendimiento académico. Sin embargo, aunque España está por encima de la media -seis horas y media a la semana para hacer los deberes frente a las menos de tres de Finlandia-, sus resultados en la prueba educativa pueden ser calificados de mediocres. Todo lo contrario a lo que le sucede al país nórdico. 

Ante esta situación, los padres se dividen y algunos hasta se rebelan. Es el caso de un progenitor del concello de Oleiros. Con su reclamación consiguió que los deberes quedaran prohibidos en los primeros cursos de primaria del colegio público Isidro Parga Pondal en el 2013. En realidad, solo se acogió a la ley. En 1997 una orden autonómica recomendó no encargarlos «antes de los 7 años y hasta los 12». La Xunta respondió con un decreto que otorga autonomía a los centros. El hecho de que varias familias de la localidad comenzaran a reunir firmas para el regreso de los deberes deja en evidencia que la confrontación existe. «A veces se convierten en una esclavitud», dice Mar Guerra, madre de un chico de 12 años en 1º de la ESO y de otro de 16, ya en Bachillerato. «El pequeño acaba de dejar atrás la primaria. El cambio es brutal. Con 11 años pretenden que sean adultos. Les exigen responsabilidades como si estuvieran en la universidad», comenta. Mar reconoce que en más de una ocasión echa una mano con las tareas. No es la única. La carta del profesor murciano Alfonso González Balanza titulada «Yo confieso» se ha convertido en un fenómeno viral. «Yo confieso que he realizado docenas de ejercicios y deberes de mi hija. ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que tuviera una infancia feliz y durmiera 10 horas al día», escribió González. La misiva del docente no cayó en saco roto. La CEAPA, la confederación que reúne a los padres de la escuela pública, cerca de unas 12.000 asociaciones, acaba de pedir que se eliminen los deberes en primaria. Se han convertido en una «prolongación de la jornada escolar», denuncian. Además, añaden que generan «desigualdad» entre los alumnos que pueden costearse clases de refuerzo y los que no. Según sus cálculos, los estudiantes acumulan jornadas de trabajo de hasta «60 horas semanales». 

Su reclamación choca de frente con otra asociación: la Concapa, que representa a unos 2.500 colectivos vinculados a centros concertados religiosos. «Sería un error tremendo una enseñanza sin deberes», mantiene Luis Carbonell, su presidente. Él no titubea. «Deberes sí, proporcionales a la edad de los alumnos», insiste. «A nadie se le ocurre que un universitario no estudie en casa. En la escuela es lo mismo, fijas lo aprendido y creas hábitos», subraya Carbonell. En Galicia, la responsable del brazo autonómico de esta asociación, María José Mansilla, de la Congapa, apunta al mismo camino. «Prefiero no llamarlo deber. Lleva implícita una connotación de castigo», reflexiona. «Digo un sí a las tareas en casa pero con condiciones, ya no deben ser entendidas como esa retahíla de cuentas que nos ponían cuando éramos jóvenes», matiza.

Precedentes

Hubo un curso escolar en el que los deberes llegaron a estar prohibidos en España. Fue en el año 1984 tras la circular, no exenta de polémica, del ministro socialista de Educación José María Maravall. El debate no es exclusivo de nuestro país. Es recurrente en Estados Unidos, Canadá, Alemania o Francia, donde están prohibidos en primaria desde 1956, lo  que no impidió que los padres protagonizaron una huelga de 15 días en el 2012. María José, que también es profesora en Santiago y tiene un hijo en 5º de primaria y otro en 2º de la ESO, no es ajena al agobio que pueden experimentar desde pequeños. «A veces llegan muy cargados de deberes y hay padres que se quejan porque no pueden disfrutar de ellos el fin de semana. Siempre tiene que haber un hueco para el tiempo libre», admite. «Por un lado necesitan esa obligación, no sale de ellos pararse un rato a repasar la materia. El problema es que los sobrecargan de deberes», coincide Mar. 

Profesores en el punto de mira

En Bélgica, desde el 2001 cuentan con un decreto que fija la duración y el tipo de deberes escolares. Unos 20 minutos al día en tercero y cuarto de primaria y no más de media hora en quinto y sexto. Aquí todo depende de los tutores. Desde que empiezan en la escuela hasta secundaria. «¡Conozco niños de solo cinco años que traen fichas para casa!», incide Mar. «Luego, cuando llegan a la ESO cada profesor cree que su asignatura es la más importante. Vas sumando ejercicios y al final han pasado tres horas y tienes que cenar», continúa. «O alumno non pode ter unha xornada idéntica na casa á que ten na aula. É certo que nos debemos coordinar máis entre os mestres, non mandar todos de golpe exercicios, pero parte da culpa tamén é dos pais. Satúranos con tarefas extraescolares, queren que saiban de todo, e os deberes están sen facer ás oito da noite. Os rapaces necesitan tempo libre, xogar, relacionarse con outros rapaces, ¡pero non no conservatorio!», exclama Julio Díaz Escolante, del sindicato de profesores ANPE. «Si tú de pequeña no tuviste la oportunidad de hacer esgrima, aprender inglés... quieres que ellos sí la tengan, y nos podemos volver un poco locos», asiente Mar. «Para mi hijo ir a fútbol es esencial para desahogarse. Pero muchas veces sí que abusamos de estas actividades, hay padres a los que no les queda otra por sus jornadas laborales», añade María José. El abultado y probablemente desfasado currículo escolar, sumado a las evaluaciones externas impuestas por el Ministerio y las políticas cambiantes en materia educativa son para Julio Díaz el fondo del problema. «Os rapaces desconectan do que ensinamos», acepta. Aquí puede estar una de las claves para que en de vez de rutina, o peor aún, condena, aprender de forma autónoma o delante de una pizarra los motive a pedir más.

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