¿Los deberes también son para el verano?

Los expertos recomiendan dejar que los niños entren en contacto con la naturaleza y se aburran, pero no delante del televisor


Actividades, campamentos, e inclusos clases de refuerzo para que los hijos no se aburran. Para que estén activos y conectados en todo momento. Pero, ¿es tan malo no hacer nada? «El verano es para romper con toda la presión acumulada a lo largo del curso», comenta Enrique de la Torre, profesor de matemáticas en el área de Didáctica en la UDC. Este maestro asegura que nunca les puso fichas a sus hijos durante las vacaciones. «Pueden provocar todo lo contrario a lo que se persigue: un rechazo». Las matemáticas están en todo lo que nos rodea, continúa. «Si viajas en coche y te preguntan cuánto queda, les propones hacer un cálculo. Lo mismo, si van a comprar chuches», dice. «Es bueno que el cerebro esté siempre activo, pero no con un aprendizaje reglado, académico». ¿Y qué ocurre si se olvidan la tabla de multiplicar? «Los chavales no se olvidan. Está todo en la cabeza, en cuanto empiezan las clases, lo recuperan», asegura. 

Para el pedagogo José Manuel Suárez Sandomingo el problema está sin embargo en el excesivo tiempo de descanso. Casi dos meses y medio de un solo golpe que en países como Francia o Reino Unido se reparten a lo largo del año. «Durante el curso aprenden a la carrera. Una vez que la lección está explicada se pasan a otra, sino se repite, se olvida. La memoria es muy transitoria. Un período tan largo de vacaciones no solo debe utilizarse para juegos, también para apoyo escolar. Repasar aquellos contenidos que les van a servir para un buen inicio de curso. No se trata de hincar los codos. Con media hora al día es suficiente, depende de la edad», sostiene Sandomingo, que también reconoce la obsesión española por la teoría en detrimento del aprendizaje práctico, a tenor de los resultados que arrojan pruebas como la PISA. «Pongo un ejemplo. Mi padre sabía mucho sobre árboles, pero nunca me lo enseñó porque pensaba que no era útil. ¡Y claro que lo es!», lamenta. 

El ajedrez, el parchís, una excursión por el monte, repasar un álbum de fotos antiguo? todo vale para este pedagogo menos dejar a los niños sentados horas y horas frente a la tele. También defiende los clásicos cuadernillos de verano. «Reivindican lo aprendido y son más interpretativos y sugerentes. El país que no los tenga debería inventarlos», concluye. 

DESPERTAR LA CURIOSIDAD

A Nuria Pérez, sin embargo, no la pueden horrorizar más. Creativa de publicidad y coach, es la responsable de la web Sparks & Rockets, algo así como una guía para madres y padres interesados en estimular el pensamiento creativo de sus hijos. «Me parece casi un castigo poner una ficha», sostiene. «Faltan creatividad e ideas para presentar los problemas del cole de una forma más lúdica», apunta. «Les recomiendo a los padres que se imaginen esto: que sus hijos son unos marcianos. Hay que despertar la curiosidad por lo cotidiano. ¿Qué es una nube? ¿Por qué llueve? ¿Qué es la presión atmosférica? ¿En qué consisten las mareas? ¡Aprenden ellos y nosotros!», exclama Nuria. «Existen herramientas para repasar ortografía, inglés, mates? de una forma divertida. Si suspende historia, llévalo a un museo. Cuéntale cómo vivían los vikingos, despierta el amor por saber», añade. Las edades de los niños y su trayectoria a lo largo del curso también son dos aspectos importantes a tener en cuenta. «Si han suspendido, que entiendan que no pueden estar divirtiéndose tres meses, es una metáfora de cómo va a ser la vida adulta. No es un castigo, las cosas hay que hacerlas antes o después», matiza. «Es solo cambiar la óptica. El momento del baño puede propiciar una lección de física. ¿Qué pasa si dejo caer el patito? No es necesario tener siempre un libro delante», continúa. Los meses de vacaciones suponen un reto para los padres, pero también por otro motivo. «Cuando los queremos apuntar a muchas actividades tenemos que pensar, ¿Por quién lo hacemos? ¿Por ellos o por nosotros?», se pregunta. «No hay que sentirse culpable si nuestros hijos no están estimulados todo el día. Hay que dejarlos libres, que exploren, como hacíamos nosotros cuando éramos pequeños. Nos inventábamos juegos divertidos. Ahora les estamos negando esa oportunidad». Nuria es una firme defensora del derecho a aburrirse. «A nosotros, adultos, nos decimos: necesito sentarme y no hacer nada para recargar las pilas. Eso mismo no lo hacemos con ellos», señala. 

No hay nada con más curiosidad, imaginación y creatividad que la mente de un niño. Durante el curso el sistema los obliga a memorizar y memorizar información. «La educación está basada en unas reglas del siglo XIX en la que tienes que saber de todo. El problema es que cada vez sabemos más cosas», admite Sandomingo. La soledad y un folio en blanco a los que se presta el verano pueden ser una oportunidad para dejarlos ser ellos mismos. Descubrir talentos. Cada vez más teóricos de la enseñanza se suman a esta filosofía: el arte de aburrirse. «Por algo los desamores inspiran las mejores canciones de amor», bromea el pedagogo José Manuel Suárez Sandomingo. «Por supuesto que los padres tienen que saber percibir eso. Las inquietudes de cada hijo. En esta sociedad nos sentimos frustrados sino tenemos siempre un objetivo en mente. El proceso de aburrirse implica pensar cómo puedes avanzar», reflexiona el experto. 

conectar con la naturaleza

Si hay una profesora transgresora en la enseñanza en Galicia esa es Teresa Ubeira. Es la directora de la escuela O Pelouro, premiada este año por la fundación europea Ashoka, reconocida en los ahora Princesa de Asturias del 2011. Para ella el problema no es el verano. «El fracaso escolar es obligar a los niños a retener unos contenidos sin que se les enseñe a procesar la emoción de querer aprenderlos. El cerebro es un órgano muy complejo donde lo cognitivo y emocional están juntos, no hay aprendizaje sin emoción. Lo que se desea conocer no se olvida jamás», opina. «En todo el invierno viven un exceso de tecnología. Están en el territorio del papel, es importante que estos días conecten con el de la naturaleza». Teresa se despide con una anécdota. Después de disfrutar padre e hijo de una puesta de sol el pequeño le inquirió: «Papá, ponlo otra vez».

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