El cachete educativo


Aristóteles acuñó la frase de que en el término medio está la virtud. Gran verdad la esgrimida por el estagirita. No es de recibo que en Corcubión una madre le propine dos puñetazos en la nariz a su hijo de nueve años, que le hicieron sangrar abundantemente, por negarse a tomar una Coca-Cola. Siete meses de prisión más dos años de alejamiento hasta me parece poco.

Otra cosa es que nuestras leyes prohíban un simple, y a veces más que efectivo, cachete a una díscola criatura. Obviamente, un zapatillazo de esos que duelen mucho más a quien lo da que a quien lo recibe. Con estas cosas es cuando uno nota que se va haciendo mayor.

«Con respeto a su integridad física y psicológica». Así es como los progenitores deben reprender a sus vástagos. Menos mal que los delitos prescriben, pues en caso contrario el Estado tendría que echar mano de sus escuetas arcas para la masiva construcción de prisiones-geriátricos en donde poder recluir a generaciones enteras de padres de ciudadanos de una determinada edad que cometieron el sanguinario delito de dar un cachete o de tener a su pequeño castigado durante media hora en el rellano de la escalera (faltas de respeto a su integridad física o psicológica respectivamente).

Queremos ser modernos tan aceleradamente que a veces pecamos de kafkianos.

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