Reportaje | Discapacidad sin escolarización Ángel tiene diez años, vive en Vilanova y padece una parálisis cerebral. Las lagunas de la burocracia y la precariedad familiar lo condenan a no recibir una sola hora de clase desde octubre
13 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?sta es una historia en la que todo el mundo parece haber hecho su trabajo. Desde la Administración autonómica a la local, pasando por los responsables de los centros educativos implicados. Sin embargo, cinco meses después de que se desencadenase el problema, Ángel, un niño de diez años con parálisis cerebral que cursaba cuarto de Primaria, está en una casa a la que ni siquiera puede llamar suya, en Ousensa (Vilanova de Arousa), sin haber recibido ni una hora de clase en los últimos cinco meses. Una historia de límites y lagunas, de una tierra escurridiza en la que la sociedad y sus mecanismos adelgazan hasta crear una burbuja, un vacío en el que incluso la ley, la norma, acaba por desdibujarse y perder su significado. Siguiendo el principio integrador que anima desde hace tiempo al sistema educativo, Ángel ingresó hace seis años en el colegio Xulio Camba, en Vilanova. El profesorado hizo un notable esfuerzo para lograr su escolarización hasta que la Consellería de Educación pudo ofrecerles una cuidadora y un vehículo de alquiler para trasladar cada día al pequeño desde su domicilio a la escuela. Su situación familiar es cualquier cosa menos sencilla. Ángel convive con su madre en casa de una mujer mayor, a la que aquélla cuida. Así se gana la vida Pilar, la madre, el único pariente que tiene el pequeño. Y así iba tirando todo hasta que en octubre, a poco de empezar el curso escolar, Pilar cae enferma, es hospitalizada y el Servicio de Menores de la Consellería de Familia se hace cargo del niño. A Ángel se le facilita una plaza de residencia en el centro de educación especial Santiago Apóstol, en A Coruña. Pero, y aquí comienza su calvario, a la dirección le resulta imposible escolarizarlo sin la contratación de un auxiliar, que no llega. En teoría, el departamento que debería proporcionar el refuerzo es Educación. «La ratio se establece en un cuidador por cada diez o doce niños, aquí tenemos sesenta alumnos y sólo dos auxiliares; así están las cosas», aseguran los responsables de la institución coruñesa. El tiempo pasa y Menores saca sus conclusiones: «A nosa resolución indicaba que o pequeno non podía seguir no Santiago Apóstol, porque sería contraproducente para el; alí só estaba recibindo un tratamento asistencial, cando o que el precisa é ser escolarizado», explican fuentes de la Consellería de Familia. Entretanto, llegan las vacaciones de Navidad, Pilar se recupera, retoma su trabajo y el pequeño vuelve a casa. En A Coruña le aguardan al restablecerse las clases. Ángel no aparece, claro. Tampoco da señales de vida en el Xulio Camba, donde su ausencia precipita una consecuencia ejecutada con implacable lógica administrativa. Los recursos son limitados, y Educación no puede sostener una cuidadora en un centro en el que ya no hay ningún alumno con necesidades especiales que lo justifique. El margen de maniobra de Pilar, la madre, es estrecho: «Queremos unha solución permanente, unha residencia, eu xa non estou ben, necesito tratamento e non podo coidar ao mesmo tempo do meu fillo e da muller que é a que nos dá de comer». Sus esperanzas, conseguir plaza el próximo curso en el colegio compostelano de A Barcia. Pero, ¿qué sucede mientras no llega septiembre? Alberto González, director xeral de Centros, garantizaba la semana pasada que el niño podrá acudir tanto al colegio de Vilanova como al Santiago Apóstol. Y si hace falta un cuidador, «se le contrata». Si es así, resolver la papeleta urge. Cada día que pasa, Ángel retrocede un poco más. «O neno está perdendo todos os avances, os hábitos que tanto lle costaron, lavarse, relacionarse, a comida». Quien lo dice, preocupada, sabe de lo que habla. Es Conchi, la orientadora del Xulio Camba.