«Siempre luché por el arte, estoy enganchado»

Rocío Perez Ramos
Rocío Ramos LALÍN / LA VOZ

LALÍN

miguel souto

El artista lalinense Antón Iglesias trabaja en «A Palleira da Romea», reinterpretando a Laxeiro

15 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Para Antón Iglesias Fernández (Lalín, 1961), pintar es su motor, una forma de expresión a la que lleva dedicada su vida. En su estudio, los cuadros que le rodean crean a su alrededor un aura de color. Una explosión de formas que dejan ver una muestra del mundo de este artista autodidacta, un universo en la que la única regla es seguir el ritmo de la inspiración y en el que el trazo cambia con el latido que marca el momento de coger el pincel. Iglesias confiesa que sus obras tienen en común la pincelada pero «no cuento con una línea predefinida, paso de la abstracción a la figuración en menos de una hora. No tengo una estética por la que se diga que pertenezco a una determinada tendencia».

A sus 60 años cree estar en la edad de mirar atrás y revisar su obra «porque ya me queda menos de lo que viví». «Estoy en una situación en la que vivo con tranquilidad y al arte le puedo dedicar lo que yo quiera, porque ya no tengo pretensiones», añade. Acaba de terminar una serie de postales de 10 x 15 centímetros, que suman 1.700, entre ellas un centenar agrupadas por temáticas o por combinaciones.

Su primer proyecto para el año que viene es versionar la obra El Mundo, de Laxeiro. La suya será en color manteniendo el tamaño del original. La primera en acrílico y espera realizar una segunda versión en óleo. Está sumergido en A Palleira da Romea con la reinterpretación de obras de Laxeiro y de otros maestros como Colmeiro o Sucasas.

Su amplio currículo suma premios y un gran número de carteles de todo tipo de certámenes. Ahora, lo acaban de seleccionar para un festival en Narón y continúa presentándose a concursos. Su mundo artístico es en tecnicolor: «soy de colores vivos. Suelo utilizar mucho los rojos, amarillos. Son colores fuertes y procuro impregnar la obra de más luz que la que tienen los cuadros de los autores de los que bebí».

Echando la vista atrás cuenta que «me hubiera gustado haberle dedicado muchísimas más horas al arte, haber tenido más salida económica y que me hubiera dado para hacer lo que yo realmente hubiese querido hacer». Aunque no ha podido vivir de su obra, «sigo queriendo pintar y mientras tenga uso de razón y mi cuerpo pueda moverse no me pienso jubilar», afirma. «Siempre luché por el arte», que para él es «como una droga a la que estoy enganchado».

Trabaja por series y de estas cuatro décadas pintando se queda con O Marquesado da Romea y con Miradas. La serie que más resultado económico le dio, fue de creación propia, y es la de Papeliños, integrada por collages para los que empleó viejos apuntes de su hija, hojas de periódicos y revistas. Noctámbulo por naturaleza, sigue pintando de forma incansable. Vende a través de una página artística que lleva su nombre, su Facebook y en O Café de Mili, su bar de referencia en Lalín, y donde siempre hay colgados trabajos suyos.

Está finalizando la digitalización de su obra, mientras va revisando sus cuadros. En su estudio, dice, «tengo 15.000. Hubo años que pinté muchísimo y años en los que pinté muy poco, pero desde el 2008 pinté un millar al año de todos los tamaños, algunos de 5 x 5, pero obras». «Siempre tuve que buscarme la vida porque la pintura a veces no me daba ni para el material», explica. En las últimas décadas hizo un poco de todo, desde rótulos a escenografías, impartió talleres y trabajó en diferentes empresas pero aunque no fue su sustento, su verdadera profesión es la de artista.

De la papiroflexia al rugbi

Si el arte es su pasión también figura en su vida el deporte. Jugó a balonmano y rugbi, en este último caso desde el inicio de esta modalidad en Lalín. La papiroflexia también le cautiva, con creaciones que son pura poesía, con papeles que él mismo pinta. Son obras que, una vez endurecidas, pasan a ser esculturas.

Aprendió a pintar copiando obra de artistas como Van Gogh, Sorolla y hasta un par de Velázquez. Sus primeros contactos con el arte le llegaron de amigos como Guillermo Aymerich, que en aquel momento estudiaba Bellas Artes y fue «quien me dijo qué colores tenía que comprar».

Fui, cuenta, «de esos niños marginados; siempre me ponían para atrás por un problema que en su época se detectaba muy mal que era la famosa dislexia. No fui diagnosticado y me perjudicó muchísimo en los estudios». Con 16 su padre le dijo «tú para estudiar no vales» y lo metió en el taller a trabajar de carpintero.

Su primer cuadro, en 1980, fue «un retrato, una cara que era un horror», apunta. Años más tarde Miradas saldría de esa obra primigenia. Considera a Colmeiro y Laxeiro dos de sus referentes, a los que suma artistas de la zona actuales. Con Sucasas trabajó unos meses en su estudio pero está convencido de que «si hubiera nacido en otra parte hubiera sido artista igual». Tiene obras repartidas por el mundo en lugares como Argentina o México. Se enamoró de Praga después de un viaje y aguarda uno a París que frustró la pandemia.