Manuel Gutiérrez Aragón dirigió su primer largometraje en 1973. Lo llamó «Habla, mudita». Cerca de cuatro décadas después, el título es de aplicación en Lalín, con un mínimo retoque, que afecta solo al cambio de género. Porque en Lalín empieza a haber un mudito que no habla: el gobierno municipal. Perdón. El gobierno municipal no habla prácticamente cuando se le pregunta. Porque de motu propio, sí que comunica. Lógicamente, comunica aquello que le conviene, o que cree que le conviene. El mutismo viene en la otra fase: cuando en lugar de decir lo que quiere, se le pregunta por lo que no quiere. Llegado este punto, casi da igual el tema que sea: del párking Europa, el gobierno local nunca tiene novedades. Una cuestión verdaderamente preocupante, porque siendo una de las partes directamente implicadas es extraño que no conozca la información de que disponen otras partes. De cuestiones en las que su gestión se eterniza, como el convenio con el Museo do Títere, tampoco se pronuncia. Si cree que algún escrito es comprometido, tampoco hay comentarios. Es una manera de proceder, digna del máximo respeto: uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, y no siempre es cierto que quien calla otorga, que lo del silencio administrativo es harina de otro costal.
Solo una cuestión: quien practica el voto de silencio, debe de tener presente que el mundo no se acaba en un círculo de cristal. Hay vida más allá del vidrio y el hormigón, con personas dispuestas a conversar y compartir información: la locuacidad, mal que pese a alguno, vence a la mudez.