UNA CONSTITUCIÓN democrática es un signo de libertad. Libertad para creer o no creer en las cosas del cielo y de la tierra. Libertad para vivir e interpretar la patria. Libertad para pensar y decir lo que nos plazca. Libertad para trabajar por el bien común o para ir por libre a todas partes. Libertad para sentirnos gallegos, españoles, europeos o vascos (con perdón). Libertad para ser ciudadanos del mundo o simples vecinos de Forcarei. Libertad para emocionarnos ante cualquier bandera, o para no tener bandera. Libertad para creer en los pajaritos de colores o para salir a la calle a gritar «nunca máis» y «guerra non». Libertad para hacer y creer nuestra propia historia. Libertad para hablar inglés, gallego o arameo. Libertad para sentirnos personas y estar a gusto con nosotros mismos. Por eso hay que decir -con Séneca y Cicerón- que la Constitución está por encima de la patria, y que, si un día nos obligan a elegir entre libertad o patria, sólo los esclavos escogen la segunda. Pero ya se sabe que lo sublime y lo trágico habitan en solares vecinos. Y por eso es posible que la Constitución, igualito que una madre, se haga insoportable. Todos le queremos mucho a nuestras mamás, pero todos escapamos de ellas cuando empiezan a abrigarnos en exceso, a buscarnos novia formal o a hacernos comida sana, o cuando tratan, en suma, de hacernos felices a la fuerza. Y todos amamos la Constitución como la vida misma, salvo en esos momentos en los que no podemos hacer nada sin toparnos con la Constitución, cuando no podemos pensar y contar con libertad nuestra propia historia, o cuando no nos dejan escoger patrias, lenguas y banderas sin toparnos en todas partes con la amante Constitución. La Constitución Española que yo voté hace veinticinco años era una maravilla. Pero se ve que se está haciendo vieja, y que le gusta encarnarse en gente de mentalidad plana y egocéntrica. Y por eso empieza a perder aquel carácter liberal que tenía de joven, para convertirse, como las madres, en una pesadilla. El mismo texto que nos sirvió para conocer y estrenar la democracia es ahora como un alambre de espino, que nos cierra todos los pasos y todas las ocurrencias, y sólo sirve, a lo que parece, para llevar el rebaño por las veredas del pensamiento único. Por eso propongo que, en vez de hablar todo el día de la Constitución y de su reforma, empecemos por modernizar la política y por llenar los despachos de gente inteligente. Si España es un dogma, no vale la pena. Y por eso hay que liberar a la Constitución de la jaula de oro en la que está secuestrada. Verán ustedes que aún no está tan vieja, y que puede salir a la calle sin necesidad de maquillarse.