EL CRISOL
22 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.CADA VEZ que aparece un anciano celebrando sus cien primeros años, o sus ciento cinco, me enfado mucho; y me oculto en medio de un monte próximo porque la ofuscación es más sanguínea que espiritual. No me enfado con esos alegres vividores , claro, sino contra aquellos maestros de los sesenta que nos explicaban la historia de los romanos, los godos o los franceses de Napoleón como algo que ocurrió poco después del Jurásico. Una vez olvidados los nombres y las caras de aquellos docentes, y ya con media docena de carnés de identidad caducados, llegué a la conclusión de que Anibal, Wamba -vecino de Dozón- o Fernando VII aún pueden estar respirando detrás de cualquier puerta semicerrada. Es decir, vivimos cuatro días y pensamos que son años. Mirando a ese estradense que cumplió ayer 103 años, pienso que esa persona pudo tocar a uno de sus bisabuelos, quien también pudo haber compartido unos días de existencia con Napoleón. Vuelvo a aquellos maestros de los sesenta para culparles de no descubrirme a tiempo el valor de cada segundo, o de cada minuto, de nuestras vidas, y de no advertirme que aquel primer cigarrillo que fumé con 15 años sería el padre de los 10.000 que ya consumí, y que no me permitirán pasar de los 80 años. Un día de vida es un lujo. Para ese anciano de Lagartóns, para aquellos maestros, para Cuiña y para Fraga; e incluso para Jiménez de Parga, quien puso a pensar profundamente ayer a muchos vascos y catalanes. Pero resulta que también a un buen número de gallegos. Lo lamentable es que buena parte de todos ellos pensaron como si ya hubieran vivido muchos años; y son sólo unos días.