La lealtad no siempre agrada

Annie Sánchez

DEZA

Shakespeare entendió algo que seguimos aprendiendo siglos después: la lealtad no siempre se parece a lo que esperamos. En El rey Lear, Cordelia se niega a convertir su amor por su padre en un espectáculo. Sus hermanas descubren rápidamente qué palabras quiere escuchar el rey y se las ofrecen. Cordelia, en cambio, decide ser sincera. Y por decir la verdad pierde su reconocimiento.

La paradoja es extraordinaria: quienes parecen más fieles son quienes más adulan; quien demuestra la verdadera lealtad es quien se atreve a no hacerlo. Quizá deberíamos recordar esta historia cada vez que confundimos lealtad con obediencia. Porque la lealtad no consiste en permanecer al lado de alguien cuando hacerlo resulta cómodo. Consiste en permanecer cuando ya no existe una recompensa evidente.

Y esa diferencia importa especialmente cuando hablamos de comunidad.

En el centro juvenil La Estación llevamos años defendiendo una idea sencilla: la juventud merece oportunidades aunque no sean rentables. No porque cada actividad tenga que producir un beneficio económico, cada proyecto tenga que convertirse en una empresa o cada esfuerzo deba traducirse inmediatamente en una cifra; sino porque hay cosas que una sociedad necesita aunque no puedan medirse en euros.

Un joven que aprende a organizar un evento, una chica que descubre que puede liderar un equipo, un grupo que aprende a resolver un conflicto o alguien que fracasa por primera vez y descubre que el fracaso no significa el final. Todo eso tiene un valor enorme aunque no aparezca en una cuenta de resultados.

Y ahí es donde la lealtad funciona en dos direcciones.

Una comunidad debe ser capaz de reconocer a quienes permanecen cuando no existe beneficio. Empresas que colaboran porque creen en una iniciativa. Vecinos que ayudan porque entienden que aquello también es suyo. Profesionales que ofrecen su tiempo. Personas que abren una puerta cuando podrían simplemente mirar hacia otro lado. A ellos debemos agradecerles su lealtad. No por devolverles un favor como si estuviéramos saldando una deuda, sino porque reconocer el bien recibido también es una forma de construir comunidad.

Pero la segunda dirección es todavía más importante. Quien recibe apoyo también debe demostrar que es digno de él.

La Estación no puede reclamar que otros crean en la juventud y después abandonar esa causa cuando las cosas se complican. No tendría sentido pedir compromiso a los demás si nosotros solo estuviéramos comprometidos mientras resulta fácil.

Por eso continuar también es una forma de agradecimiento. Seguir defendiendo la juventud cuando no hay rentabilidad, creando oportunidades cuando no hay reconocimiento, abriendo puertas cuando sería más sencillo cerrarlas y creyendo en los jóvenes incluso cuando otros consideran que el esfuerzo no merece la pena. Esa es nuestra manera de responder a quienes algún día decidieron confiar.

La lealtad, por tanto, no es una cadena. Es un compromiso recíproco.

Quizá esa sea una de las cosas que más necesita nuestra sociedad actual.

En un mundo donde todo parece negociarse, necesitamos recuperar espacios donde algunas cosas no estén en venta. La lealtad, la confianza, la palabra dada, el compromiso con una comunidad.

Porque luchar por algo únicamente cuando produce beneficios no es necesariamente compromiso. A veces es simplemente inversión. El compromiso verdadero aparece cuando seguimos trabajando aunque no sepamos cuándo llegará la recompensa.

La Estación no necesita demostrar que cada esfuerzo produce dinero. Necesita demostrar que produce personas. Y quizá ese sea el beneficio más importante que puede obtener una comunidad.

Porque los edificios envejecen, las subvenciones terminan, los cargos cambian y los proyectos se transforman. Pero un joven al que alguien le dio una oportunidad puede convertirse mañana en la persona que se la dé a otro.

Ese es el verdadero círculo de la lealtad. Alguien creyó en nosotros. Nosotros seguimos creyendo en ellos. Y algún día ellos creerán en otros. No hay negocio más rentable para una sociedad que ese, aunque nunca aparezca en un balance.

Porque algunas luchas no se mantienen por lo que ofrecen a quien las libra. Se mantienen porque alguien, decidió que merecían ser libradas.

Y mientras haya jóvenes que necesiten una oportunidad, seguiremos estando ahí.