«Siento amor por quienes sufren»

El portavoz del foro Os Ninguéns sigue en la lucha por los más desfavorecidos tras su jubilación


vigo / la voz

Antón Bouzas no ha dejado de trabajar en favor de las personas más desfavorecidas siete años después de jubilarse como terapeuta en el centro de atención para drogodependencias Cedro. Este pontevedrés que el viernes cumplió 72 años es, sobre todo, una persona preocupada por los excluidos de la sociedad. Ya desde niño empezó a cultivar esta sensibilidad. Hijo de un militar, recibió una educación religiosa y creció en el barrio de Campolongo, donde se encontraban las viviendas para los miembros del ejército. Muy cerca había un asentamiento gitano. Su forma de vida le despertó su curiosidad. «Poco a poco me fui acercando y acabé conectando y siempre estaba deseando que llegaran. Fue una época que me gustaba mucho. Jugaba mucho con los niños gitanos y admiraba el hecho de que tuvieran caballos y las hogueras que hacían», recuerda.

El contraste entre la forma de vida de los gitanos y la suya propia le hizo entender que la realidad no es el paraíso que se proyecta a los ojos de un niño al que no le falta de nada. «Me impactaba la dureza de su forma de vivir. Cuando llovía a cántaros sobre sus lonas, me iba para casa con una cierta angustia», recuerda.

Siendo un adolescente, la vida le llevó a tierras más cálidas. A su padre lo destinaron a Santa Cruz de Tenerife. Antón se encontró allí con la realidad más dura de la pobreza en un barrio de chabolas de latas y cartones en la zona de Cuerva Roja. No quiso mirar para otro lado y propuso en el colegio de los salesianos donde estudiaba hacer algo para cambiar aquella situación. Allí organizaron algunas actividades y acabaron construyendo un muro de contención para poner encima una caseta muy grande que les había dejado el Obispado. Montaron un centro donde daban clases para enseñar a leer y a escribir y otras actividades formativas.

El proyecto duró hasta que irrumpió la policía. Los detuvieron por hacer obras sin permiso. Fue su primer contacto con «el trato duro, poco comprensivo, diría que chulesco» de la policía. No eran más que unos críos intentando ayudar y a punto estuvo de recibir un bofetón de un agente cuando le contestó que «la tierra es de Dios».

A su regreso a Vigo, Antón entró en el seminario mayor. De niño había conocido el del monasterio de Herbón. En la actualidad no se considera creyente, pero sí reconoce que con la Iglesia aprendió mucho a nivel formativo y valores como la austeridad.

Los estudiantes del seminario salían los fines de semana a hacer labor pastoral y un día conoció a un chico con mucho desparpajo que le habló del barrio en el que vivía, la Herrería. Antón decidió centrar allí su trabajo dinamizador. «Compramos un equipaje de fútbol e hicimos un equipo con hijos de prostitutas que vivían en el barrio», recuerda.

Sin embargo, las autoridades eclesiásticas no veían con buenos ojos la incursión del seminarista en un lugar de prostitución en el que había mucha delincuencia. Ese fue el principal motivo por el que lo acabaron echando del centro religioso.

Pero no renunció a seguir trabajando en el barrio para poner su granito de arena y sacar de la marginalidad a las familias que vivían allí. «Alquilé una vivienda en la Herrería y, al año siguiente, los compañeros que estábamos en el grupo que teníamos esa sensibilidad de los temas de la pobreza, dejaron el seminario y se vinieron a vivir conmigo. Éramos un grupo de jóvenes que estudiábamos y trabajábamos al mismo tiempo y organizábamos un montón de cosas en el barrio con la juventud y los niños», recuerda.

Allí pusieron en marcha la asociación de afectados por el plan parcial del Castillo de San Sebastián. También fundaron la asociación vecinal y cultural do Casco Vello, desde la que pusieron en marcha numerosas actividades, como la Festa da Reconquista o el entroido. «Fue una época importantísima porque se llegaron a conseguir unos niveles de participación amplísimos, habiendo un centenar de comparsas de asociaciones de vecinos». Por aquella época trabajó en el metal. Fue activista sindical en la clandestinidad. «Fuimos una generación con muchas inquietudes, con muchas ansias de libertad de experimentar nuevas formas de vida porque llevábamos un tiempo muy oscuro», dice.

Un día leyó en el periódico que se convocaban plazas para un centro de drogodependencias. Se presentó y acabó formando parte del equipo multidisciplinar. Eso fue en 1984 y allí trabajó hasta que se jubiló en el 2013. En Cedro pusieron en marcha la Asociación de Ayuda al Toxicómano Érguete el grupo de autoapoyo Imán o el programa Sereos do Casco Vello, «desde el que pusimos en marcha técnicas de intervención muy atrevidas y novedosas en relación con el trabajo entre iguales. Fue una época muy confortable por la ayuda directa que se estaba haciendo», dice. Echa la vista atrás y reconoce que se siente «muy satisfecho de haber vivido experiencias porque siento un amor especial por las personas que sufren, por la pobreza y la desigualdad».

Trabajó en la empresa de cerámica Álvarez y también en astilleros donde fue activista sindical en la clandestinidad. Terapeuta en Cedro desde 1984 a 2013.

Tiene una conexión con los caballos que le viene de la infancia. Tuvo un que se llamó Ceibe. Hizo dos veces el Camino de Santiago.

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