La historia de la arquitectura es la historia del hombre, su origen fue la necesidad de proporcionarse refugio, y su artífice el desarrollo cultural de la especie humana. La cueva, morada natural durante milenios, representa el anhelo primario de cobijo y protección frente a las agresiones climatológicas y las fieras. Mientras fuimos nómadas, refugios estacionarios para guarecerse de la invernía, y cuando el clima se endureció en el cuaternario, el refugio fue permanente. El interior de la cueva suponía abrigo y seguridad. Un nido de reclusión sin proyección al exterior. Su única fachada: la entrada al confinamiento. Al evolucionar, el hombre precisó pintar su cueva, y sus siguientes moradas dieron respuesta a las diferentes necesidades domésticas, organizar la explotación del medio, domesticar la naturaleza y los animales: una cerca para recluir el ganado, unas tapias para proteger los cultivos, crear ámbitos de vida social, comercial, de relaciones civiles y de expresión ritual y artística. Todo ello en una escala territorial que se podía controlar y dominar, en base a unas distancias abarcables; eso es posible mientras los asentamientos de población y sus espacios de relación cuentan con escala humana. Los marineros pintaban el exterior de las casas del color de sus barcas para ser reconocidas al aproximarse a tierra. La morfología urbana se configuraba en base a los espacios próximos de convivencia, con el trabajo y el modo de subsistencia en el entorno. Pero llegó un momento en que se rompió la relación con el medio, y la memoria subconsciente recuperó el vínculo con la cueva primigenia. En el momento actual los habitantes de los países del primer mundo desarrollado, se recluyen en “cuevas” con cierres que propician el aislamiento del medio y la vida al interior, protegido de todo tipo de inclemencias. Mientras sus fachadas exhiben al exterior valores económicos y culturales, las unidades familiares, apenas se relacionan entre sí. Los ciudadanos, desligados ya del entorno, son incapaces de entenderlo y transformarlo. No hay implicación con un espacio concreto. Esa desvinculación y la rapidez de acciones para lograr bienestar, conducen a mudarse a lugares sucesivos. Las vías y medios de comunicación física nos trasladan a largas distancias en poco tiempo, lo que nos convierte en seres des-localizados. Las ciudades son, o acaban siendo, demasiado grandes y muy complejas para el ser humano, con espacios no reconocibles, fuera de control, lugares de paso, hostiles o inseguros.
La pandemia 2020 ofrece la ocasión de pensar la ciudad en la que queremos vivir. El modelo actual comporta problemas sociales, económicos y, ahora también, sanitarios. Las sociedades buscan además soluciones a la movilidad y a la contaminación. Y se habla de “la ciudad de los 15 minutos”. Sería el tiempo máximo que debería invertirse en llegar a cualquier lugar que precisemos. Esto supone un cambio de perspectiva respecto a la movilidad y el uso del espacio público. Ciudades como París lo están estudiando, y Pontevedra lo ha logrado hace tiempo. Se trata, en definitiva, de la apropiación del espacio, no en base a la propiedad del mismo, sino a su uso. El potencial de un espacio exterior se amplía y enriquece cuando los ciudadanos lo viven junto a otros, creando lazos afectivos con ese lugar reconocido, y también con el grupo. Los lugares que no son de nadie se trasforman cuando en ellos se integran vivencias colectivas. La percepción sobre el exterior común cambia cuando hay sitio en él para la sorpresa, para la creación de acciones libres, formativas o lúdicas, cuando está abierto al juego, la fiesta y el encuentro. Las personas se convierten en actores, más que receptores pasivos de productos e ideas. Aquí, la arquitectura tiene un papel fundamental. Al proyectar una pared se crea un espacio de exclusión. Para los de fuera, un sobrante que no se diseña a veces. Ahora es momento de prolongar el refugio y trazar espacios contiguos comunes; de humanizar aceras y calles con diseño amable; de recuperar rincones marginales para uso común de proximidad. Hay que “pintar” el exterior de la cueva. Un barrio, así planteado y bien dotado, sería la “unidad de cuidad” donde convivan acciones de todas las franjas de población, mejor protegidos y con todo a 15 minutos.