Salir de la AP-53 con el «especial»


lalín / la voz

A la autopista AP-53 le llueven críticas desde que la apertura de su trazado total hasta Dozón disparó su peaje e hizo de Lalín un destino imposible por la obligatoriedad de pagar por 14 kilómetros con independencia de no recorrerlos. Solo una ventaja tiene abonarlo: una persona humana se encarga de cobrar, en lugar de las máquinas que fueron sustituyendo a los operarios en salidas como las de Silleda o A Bandeira.

Ayer, con prisa por llegar a Lalín, no me quedó otra que aflojar el bolsillo y tomar la AP-53: hasta Silleda, que uno no pasa dietas a la administración. Con lluvia, no quedaba otra que circular por el carril izquierdo, porque el derecho daba miedo solo mirarlo. No es subjetivo, porque más de uno hacía lo propio, y solo pasó a la derecha para ser rebasado, aunque sin perder tiempo por la escasa circulación del vial.

Circunstancia distinta en el peaje de Silleda: la máquina no quería mi billete de 10 euros para abonar los 3,65 de trayecto. Hacia un lado, hacia otro, por arriba, por abajo. Nada. Con los precedentes del vial, ni se me ocurrió asomar la tarjeta de crédito.

Así que extendí un billete de 50 euros, que sí engulló la maquinita. Salí de la AP-53 como si asaltara una tragaperras o me tocase el «especial»: con 23 monedas de 2 euros, una de 20 céntimos, otra de 10 y ni vi la de 5. Eso sí, perdí allí el tiempo que quería ganar en la autopista, acordándome de todos los que hacen posible que este país vaya tan bien.

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