Amor de foca


En Brasil llaman focas a los periodistas jóvenes que se inician en la profesión, porque la maldad de los veteranos dice que siempre sonríen, andan con torpeza por la redacción y aplauden por todo. Desde 1996 imparto clases en el curso para focas de un gran periódico, O Estado de São Paulo. A veces me invitan a cenar el último día en algún local de la avenida Paulista. En una de esas me preguntaron si me daba cuenta de lo que me querían. Respondí mal, escéptico: «Amor de foca dura um ano». Años después, el mismo grupo volvió a invitarme. La vida los había dispersado y eran menos. Cuando me iba, el delegado de la promoción me dijo al oído: «Ta vendo como amor de foca não dura um ano?».

En otra ocasión me regalaron un libro de reportajes de una famosa periodista. Al leerlo, recordé que le había dado clase en 1989, la primera vez que viajé a Brasil. Le escribí para felicitarla y confirmar que era ella. Contestó amable y me recordó que en aquella época prefería los textos de un compañero suyo. Una manera de decirme que no había sabido valorarla. Era verdad.

Esta semana empezaba el curso aquí y fui a la universidad con los miedos de siempre: a herirlos, a no saber ayudar y también a que los nuevos alumnos no respondieran como los anteriores y a que los anteriores ya no fueran como eran. Me hago viejo, la distancia generacional se amplía y siempre me parece que ya no sabré rellenarla.

Veremos. Pero salí muy agradecido a los alumnos del año pasado y de otros. Ellos saben por qué.

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