Q uedan solo tres días para cambiar de año. Y, a veces, estaría bien poder congelar el tiempo, aunque solo sea para determinadas situaciones. Por una parte, es alegría. El cambio de año está asociado a la fiesta y a la diversión. No hay más que ver los cotillones, los escaparates con los vestidos de fiesta, las uvas de la suerte que empiezan a cobrar protagonismo... Es salir con los amigos, estar con la familia..., aunque siempre hay a quien no le guste esta época navideña. Es la cara amable de la despedida del año. Sin embargo, habría razones para congelar el tiempo a las 23 horas 59 minutos 59 segundos del próximo 31 de diciembre. Y es que cada cambio de año trae las mismas consecuencias: pagar más por los mismos servicios. No hay más que ver los boletines oficiales de los últimos días, con ordenanzas de varios concellos de la zona aprobando las subidas de las tarifas para el próximo ejercicio. A veces, este ascenso puede ser insignificante, pero la acumulación de varios ya se nota en la cartera. Lo que muchas veces se asumía con naturalidad del cambio de año, ahora toma mayor dimensión. Y con estas perspectivas ante la siempre temida cuesta de enero, lo de apretarse el cinturón hace tiempo que no es un baladí. Se aprecia ahora de antemano y antes de que haya que estirar el sueldo para poder cubrir las mismas necesidades en el 2012. En los comercios, los descuentos que habitualmente aguardaban para después de Reyes con las rebajas ya copan muchos escaparates y ni la alegría navideña es suficiente. Pero, al final, será como siempre la doble cara del cambio de año.