La escritora pontevedresa, cuya última novela llevará al cine Michael Mann, rememora en la plaza Méndez Núñez «el espacio» de su infancia
09 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando Susana Fortes pisa la plaza Méndez Núñez, aún resuenan en su mente las cantinelas de la Enciclopedia Álvarez, porque como recuerda, en los sesenta «se aprendía todo cantando». Ella estudió en la academia Helenes, ubicada en este entorno, cuyo responsable era José Buela. «Incluso la ortografía la aprendíamos cantando, con ejemplos como el de El verbo volar se escribe con v, menos don José, que se escribe con b», sonríe.
Quién iba a decirle entonces, cuando fantaseaba en los recreos y se montaba sus «películas» mirando ensimismada el magnolio de la casa de los Muruáis, y mientras su sed de aventuras se acrecentaba con las historias que su padre, el historiador Xosé Fortes le contaba sobre aquel lugar, que un día Hollywood iba a llamar a su puerta para llevar al cine una de sus propias historias, la que ideó para reivindicar las figuras de los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro. Mientras la Columbia ultima la producción de la película que sobre su novela Esperando a Robert Capa dirigirá Michael Mann, la escritora pasó unos días de vacaciones en su Pontevedra natal, que añora desde su residencia en Valencia «porque toda la gente que más quiero vive aquí», pero en la que no se ve de regreso definitivo, a pesar de que reconoce que es «más abierta y habitable».
«Mi espacio de la infancia está en esta plaza -comenta-, pero no tengo de la juventud, porque me fui de Pontevedra con 16 años a estudiar a Santiago y ya prácticamente no volví». Sus recuerdos son muy intensos en lo que se refiere a su rincón, la plaza de Méndez Núñez. «Tengo la teoría de que los lugares donde ha ocurrido algo, donde se ha juntado gente interesante, crean aura -explica en referencia a la casa del arco-. Y creo que el ambiente de esa casa flota en la plaza. Era la tertulia más novedosa, la de los modernistas, con los hermanos Muruáis, los Ulloa, Said Armesto o Valle-Inclán. Que además eran chicos malos... Todas esas revistas francesas de la época parisina de Toulousse Lautrec tenían las fotografías de bailarinas de piernas largas, que para la Pontevedra de la época era un escándalo. Todas esas conversaciones, esas broncas, esa vidilla, queda en los lugares».
Con esa Pontevedra de principios del siglo XX y con Valle tiene saldada su deuda literaria, a través de El azar de Laura Ulloa, en la que la ciudad se convierte en Vilavedra. Recuerda además que el autor de Luces de Bohemia siempre le fascinó, desde que ya en su época de instituto (el Valle-Inclán) iba a casa de uno de sus nietos, Pancho, a merendar «y veía sus fotos con los zapatos bicolor y las barbas de chivo; tenía una estampa impresionante».
Durante la adolescencia sufrió la experiencia de ver a su padre encarcelado por fundar la Unión Militar Democrática (UMD). «Fue difícil, porque en casa no entraba un duro y hubo una sensación de control, de que no nos querían... -recuerda-. Pero también hubo la contrapartida, gente que se portó muy bien con nosotros. Éramos unos críos y eso nos ayudó también a curtirnos y a crear un sentimiento de hermanos. Una experiencia como esa te prepara para la vida, porque en la vida pintan bastos muchas veces». «En el último año de instituto, en 1976, hicimos la primera huelga de alumnos por la amnistía de presos. Fue un éxito, con los alumnos de COU del Valle-Inclán y el Sánchez Cantón». Aquello estuvo a punto de costarle un expediente, «pero todos los profesores me echaron un cable». Cita a Manolo Domínguez, Andrés Vilán o don Marcelino, de Filosofía, «que no era precisamente de izquierdas, pero todos se portaron muy bien».
Hacia la enseñanza -aunque reconoce que es «una relación de ida y vuelta» sobre todo ahora por su faceta de escritora-, también enfocó su trayectoria después de estudiar en Santiago Historia y en Barcelona la especialidad en América. Aunque sigue siendo crítica con la forma en que se enseña esta disciplina en España. «A qué olía la Revolución Francesa yo no lo averigüé hasta que leí El siglo de las luces -señala-. Fue el descubrimiento de que la historia de verdad estaba dentro de las novelas, no de los libros de historia, y entonces me fui decantando hacia la literatura, pero como lectora». Este año, para ella el curso ya ha acabado, porque los compromisos editoriales de Esperando a Robert Capa le llevarán a Brasil, Milán y Moscú. Antes ha vivido en ciudades como Florencia, Londres o San Francisco. Y, como dice, «en todas partes he buscado hacer mi casa». Por eso huye de dogmas como el que considera escritores gallegos solo a los autores que escriben en la lengua autóctona. «Escribo en la lengua que me comunico y en la que leí; a esos efectos, mi patria son los libros que he leído», señala.