EL CRISOL | O |
31 oct 2006 . Actualizado a las 06:00 h.UN DÍA señalado en el calendario para recordar a los difuntos bien merece que algunos derrochemos unos minutos para rememorar a nuestros mejores antepasados. Ocurre que todo lo que somos se lo debemos a ellos. Incluso una irrelevante decisión de cualquiera que esté en el árbol genealógico podría haber supuesto nuestra inexistencia. Hay que pensar que uno puede estar vivo porque un tatarabuelo se durmió antes de lo habitual la noche anterior a la jornada en que generó al bisabuelo. Entre mis mejores antepasados, a mayores de mi madre -que se dormía cada día repitiéndome que tenía que estudiar- figura un abuelo que era artesano de la madera. Con sudor, deudas, decisión y, quizá suerte, se acabó convirtiendo en terrateniente, para envidia, en su época, del 95% de sus convecinos. Lo que le pasó después marcó a toda una familia y también a su multitudinaria prole. Los nietos queremos que su nicho continúe -allá en el pueblo- guardando sus restos y su nombre. Al parecer, cada muchos años hay que pagar un dinero para que ese espacio siga siendo de él. Tenemos algunos motivos, pero sobre todo porque a alguno de aquellos envidiosos le gustaría quedarse con ese rincón, ya que perdió todos sus demás sueños. A mis niñas intento explicarles eso del alma, sin recurrir demasiado a las versiones religiosas. Les hablo de fantasmas y de la película Ghost . Así entienden algo. A aquel abuelo, por aquello de que su fantasma puede estar aún rondando por el nicho, me gustaría ponerle dentro del ataúd un aparatito reproductor de CD, con pila eterna y una canción de su época, o quizá con el Across the universe , de The Beatles; o con e Say hello, wave good bye , de Soft Cell. A mí, que no me entierren en Cora. Y que no me incineren.