EL CRISOL | O |
29 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.HACE UNOS días escuché mientras caminaba por la calle a una persona que su fiesta preferida era el San Ramón. No sé a donde acudirá para celebrarlo, pero sí es una fecha especial en el calendario, tanto para los que están de vacaciones, como para los que tuvieron que trabajar. El San Ramón marca un punto de inflexión para todos. Se acaban las rebajas, las fiestas empiezan a espaciarse en el calendario, ya hay que pensar en el colegio y preparar mochilas y libros; los familiares que viven lejos hacen sus maletas... Llega el 31 de agosto y ya parece que hay que guardar las toallas de la playa y el bañador, como si el sol también sufriera las consecuencias del día de San Ramón. Septiembre acecha y se nota. Tanto en el ánimo como en las conductas. Es como si a la mente regresaran otra vez las cuestiones que nos ocupan durante el resto de meses y, a modo de año nuevo, también es se fijan propósitos. Es la hora de pensar en cambiar el coche, de anotarse en el gimnasio o las clases de inglés, de inscribirse en un nuevo coleccionable por correo... También es la hora de revisar los recibos de la tarjeta. Hay que ponerse al día después de unos meses en donde únicamente nos limitamos a almacenarlos pero sin llegar a saber el resultado final. Todo ello, dentro de 48 horas. Pero antes, toca disfrutar del San Ramón. La parroquia cruceña de Gres es la referencia principal en la zona para esta jornada, aunque hay más puntos. Las islas sobre el río Ulla se quedan pequeñas ante la cantidad de asistentes que acuden tanto para disfrutar de la música como para comer en uno de los numerosos puestos que en ellas se asientan durante las últimas dos jornadas de agosto. Hay un continuo ir y venir por el estrecho puente que las une con tierra firme. Es la despedida al mes festivo por excelencia, así que nada mejor que un buen broche antes de advertir todos los cambios que supone que llegue el día de San Gil, el 1 de septiembre.