Silleda-Cruces, y su frontera inexistente

P. V. / M. G. LALÍN

DEZA

Análisis | Los múltiples valores patrimoniales del área entre Toxa y las minas reclaman una acción integral que aglutine esfuerzos y recursos Las administraciones deben confluir para recuperar la memoria y potenciar el enclave

11 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Sólo pescadores, lavadores de wólfram y visitantes sensibles ignoran la frontera administrativa que va marcando el río Deza entre Cruces y Silleda, los 20 kilómetros (en coche) que separan la Fervenza do Toxa de la explotación minera de Fontao. Las administraciones parecen haberse esforzado en las últimas décadas en afianzar esa frontera, con actuaciones en ambas márgenes del río, sesgadas, sin caducidad, indefinidas en usos o recursos, y que brillan o rechinan pero sin la puesta en valor de su interconexión, ignorando incluso las propuestas integrales del estudio piloto de restauración de Carboeiro (encargado y pagado por la Xunta) que centraba muy bien el asunto en 1991. La realidad muestra una línea vial de veinte kilómetros que marca el propio Deza y que incluye un censo de elementos de interés que soñaría cualquier país del mundo con esa densidad. Carboeiro, de parche en parche y casi siempre cerrado. El área como A Carixa que se gestionó sólo para el margen cruceño. En cámping de Medelo, sólo abierto en su sección de peregrinos. Un balneario surgido de la iniciativa privada con chorro exterior público como único enganche a su memoria. La iglesia de Ansemil de arquitectura casi exclusiva. La Fervenza do Toxa, paraje único, con mínima protección. El Entroido de Merza que aún sabe conservar el pueblo, como la Artística, banda más antigua de Galicia. El poblado y las minas, que separó la administración con un proyecto puntual. Y, el propio río. Todo en veinte kilómetros de carretera que rompe como los pescadores y en su día los lavadores de wólfram, varias veces la frontera administrativa municipal. Carboeiro como referente secular de Deza y más allá no tiene contestación. Enquistarlo como monumento y área de esparcimiento sería un despilfarro. Es un elemento de primer orden en la recuperación de la memoria histórica local y comarcal, mucho más allá de la del románico. Ese vía supondrá interconexión, romper la frontera que asientan las administraciones sobre el Deza. Le sigue, seguramente, al peso de nueve siglos de Carboeiro, el más concentrado pero intenso de minas y poblado donde además de la minería está la memoria humana, de los flujos de población, de la economía, de las ideas. Carboeiro y las minas no se pueden separar. Tampoco la del rebusque de la historia de las aguas calientes y los bañistas de Os Baños, con reconocimiento secular, que buscaban los nueve baños precisos para la curación. Ni la memoria de los músicos, ni de las máscaras, ni de la vida a pie de río que se podría abrir hasta Gres para incorporar a Xosé Neira Vilas y su neno labrego junto a la literatura generada por el wólfram y los legajos de la abadía y el priorato de Carboeiro. Tampoco se puede separar el paisaje, que va mucho más allá de enclaves como el del Toxa, para mostrar un medio que incidió en las decisiones de los habitantes. Hay muchas más fronteras que derribar administrativamente pero la del Deza entre Silleda y Cruces debe ser objetivo prioritario, por la memoria y por el futuro.