Al FILO | O |
14 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.MARTA QUIERE seguir siendo niña, no crecer nunca y poder disfrutar eternamente de la felicidad de ser un niño. Un niño feliz, claro, porque a Marta no le gustaría vivir en un país donde la vida laboral empieza a los seis años, donde los huérfanos son multitud y nadie hace cola para proporcionarles un futuro colmado de atenciones. Marta quiere ser siempre niña con unos padres que la quieren, con unos profesores que le enseñen en una clase llena de juguetes, con cumpleaños vestida de princesa y millones de regalos, con domingos de palomitas y cine en pantalla gigante, con un arsenal de muñecas, otro de cariño y todo el tiempo del mundo para disfrutarlo. Otros niños, que no tienen la suerte de Marta, sueñan con ser pronto adultos para intentar tomar las riendas de su vida y darle un rumbo que no sea la esclavitud, para poder salir del agujero de un prostíbulo infantil asiático o para huir de los trabajos forzados en una mina. Niños que han olvidado soñar con las hadas y a los que la vida les ha enseñado a no creer en la magia. Niños que han perdido la inocencia y los sueños que Marta quiere conservar para siempre. Pequeños que tienen que cuidar a sus hermanos como si fueran adultos, aprender las reglas de la escuela de la vida para ganarse el sustento y licenciarse en las leyes de la supervivencia. Marta cuenta los días para Reyes y vive con un calendario hecho de fiestas. Halloween, magosto, Nochebuena, Carnaval.... Marta no quiere ser mayor porque cree que los adultos no pueden pasar las horas muertas viviendo historias imaginarias en el cuarto de los juguetes, ni emocionarse con el ruido de la lluvia en los cristales, ni reirse a carcajadas, correr desbocados o pisar todos los charcos. Pero Marta no sabe que el precio de la felicidad es otro y, afortunadamente, no depende de la edad.