Al FILO | O |
25 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EN EL ULLA el agua se convierte en arte, en torrentes bravos que recorren Agolada, que se disfrazan de mil formas, caprichosas, que se engalanan de viento y se acunan en camas de granito puro. Oro blanco, líquido elixir de salud. Agua de vida. Nacemos dentro del agua cálida del seno materno y estamos compuestos de esa misma materia. La naturaleza nos ha regalado enclaves paradisíacos, ríos vivos como el Ulla y el Arnego que salpican las orillas de esta tierra. Quien nació o vivió al lado de un río lo sabe. Son como un camino, un embrujo al que pocos pueden sustraerse. Uno se duerme con el rumor de sus aguas, crece con él y lleva su olor cristalino pegado a la piel. Todos tenemos un río que sentimos como nuestro. Para unos es la imagen de un arroyo frío y el recuerdo de los chapuzones de verano. Para otros un prado en una orilla, escenario de meriendas y algunos escarceos de adolescente. Ríos donde uno practicaba la pesca de niño con algún artilurgio rudimentario, aguas poco profundas donde nuestras madres llevaban a lavar las tripas de la matanza. Una escena a la que asistíamos con la nariz congelada y las manos heladas por el agua. Cascadas infinitas donde dejar volar los sueños y un millón de pensamientos. Ríos claros, libres, blancos. Los que el cielo nos otorgó para conservarlos intactos y los que queríamos dejarles a nuestros hijos para que puedan, al igual que hicimos nosotros e hicieron antes nuestros padres y nuestros abuelos, reflejarse en su cauce, jugar en sus aguas y bañarse en su corriente. Ríos para vivir.