EL CRISOL | O |
14 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ALGO tiene esta zona del norte montañoso de la provincia que favorece la longevidad de nuestros ancianos. Hay años que tenemos que recurrir también a los dedos de los piés para contarlos. Si cae uno, aparecen dos. Si uno enferma, tres sanan. Aguantan hasta que el carné de identidad dice basta, pero no se van por enfermedades. Llega un aire celestial, y apaga la vela. Y aquí nos quedamos muchos con una cierta sensación de que no hemos aprovechado sus últimos años para que nos cuenten determinadas cosas, para saber qué ocurría en el entorno de los sucesos y personajes históricos. Muchos conocerán el pasado por las versiones librescas, por los estudios de unos analistas que nunca llegan a ser imparciales del todo, por los libros que hacen los ganadores o por las gomas de borrar de los vencidos. Muchos han escrito estos días historias sobre la Romaría dos Pereiriños, pero a la única persona viva que participó en ella cuando aún olía la pólvora de la primera Guerra Mundial no le preguntan por los miedos, ansiedades, sueños y maldades de la gente de su época, aunque ella sólo pueda referirse a los que le rodeaban en su parroquia natal estradense.