Siete horas metido en un pozo

Nacho Mirás SANTIAGO

DEZA

ÁLVARO BALLESTEROS

Reportaje | El angustioso rescate de un vecino de Laraño que desapareció en el monte Juan Carlos Gómez fue localizado por el ruido de las piedras que tiró contra una torreta de alta tensión. Al ser liberado, todavía bromeaba: «Mala herba nunca morre»

27 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

?u familia no se puede explicar cómo Juan Carlos Gómez Rodríguez, de 43 años y vecino de Reibó, en Laraño, pudo caerse en un agujero de poco más de dos metros de profundidad. Pero se explican todavía menos cómo fue posible rescatarlo con vida, tras una angustiosa búsqueda en la que participaron los vecinos, los bomberos de Santiago y el servicio de emergencias 061. Juan Carlos vive con su madre y con sus hermanos en la casa número 15. Se conoce muy bien la zona, pero el monte que se encuentra frente a su casa, y que acaba en Pardiñas, es traicionero. «Unha señora perdeuse aí tamén hai dous anos, e iso que tiña fincas e coñecía o sitio», explica la madre del protagonsita de esta historia. La familia tiene una pequeña huerta en la que cultivan un poco de todo. No sabía Juan Carlos que unos tomates, unos simples tomates, le llevarían a pasar uno de los peores tragos de su vida. Amigo del monte El hombre salió poco antes de las cinco de la tarde de su casa. «A él le gusta mucho salir al monte», cuenta su hermano, que dice que su intención era buscar unas varas y utilizarlas para para atar varios pies de tomates. Y desapareció. Las horas pasaban y en casa de Juan Carlos empezaron a preocuparse. No era normal. Y pasaron todavía más horas, y aumentó la preocupación. No se sabe cuánto tiempo llevaba Juan Carlos gritando desde el fondo de un pozo cuando a su madre, que se encontraba en la parte de atrás de la casa, le pareció oír su voz: «El chamaba ¡mamá!, ¡mamá!», explica la mujer. Y la madre le contestaba, pero nadie respondía. A lo lejos también se oyó que llamaba a uno de sus hermanos. Pero ¿de dónde salía la voz? Por el eco, parecía venir de las mismas entrañas del monte. Y venía, claro que venía. Familiares y vecinos se organizaron. Comenzaron a buscar, ya con la noche encima. Según se fueron acercando a la zona donde el hombre desapareció, de nuevo escucharon los gritos que salían de algún sitio ¿de dónde? La búsqueda era angustiosa. Pero a Juan Carlos, el cerebro le funcionó rápido. Atrapado en una fosa de dos metros y pico de profundidad, de la que no podía salir, divisó una torreta metálica de alta tensión. Y, desesperado, se puso a tirar piedras contra ella, con la intención de que quienes lo buscaban se pudiesen orientar por el ruido. Y así fue. Cerca de la media noche, un vecino lo encontraba metido en el agujero, un lugar que es utilizado como vertedero ilegal y cuyo fondo está lleno de trastos viejos y cristales. Consiguieron sacarlo. Juan Carlos estaba completamente agotado y sangraba por los cortes que se había hecho en los brazos. Ya liberado, incapaz de desandar lo andado, sus rescatadores lo taparon con una manta y llamaron a los servicios de emergencia. Cansado sí, pero con la moral alta, porque le oyeron decir: «Mala herba nunca morre». El rescate Pasaban de las doce de la noche cuando bomberos y efectivos del 061 lo colocaron en una camilla y tuvieron que hacer toda una travesía monte a través. Nada menos que kilómetro y medio, a pie, atravesando la maleza hasta que consiguieron llegar con el herido, a pulso, a la ambulancia medicalizada. Si no fue fácil que los vecinos, que conocen la zona, llegaran al pozo, más difícil fue que lo hicieran los equipos de rescate. Juan Carlos se recupera en el hospital Clínico y cumplirá los 44 años. Tiene rasguños, cortes y heridas leves pero, sobre todo, un buen susto. Aunque puede contarlo. Su familia quiere dar las gracias a todos los que participaron en su búsqueda, vecinos, bomberos, sanitarios y, si cuadra, a Dios.