A la fiesta del fútbol le faltó juego y le sobró pizarra. Fernando Vázquez no tiene demasiados motivos para sentirse satisfecho. Empató en el añadido con el segundo remate de su equipo entre los tres palos, pero estuvo a merced de su rival durante casi los 95 minutos y la euforia por los refuerzos ha dejado paso a la preocupación por las carencias. Le sobran al técnico del Sporting razones para sentirse molesto por lo sucedido en Riazor. Su equipo manejó el partido, sobrevivió a un penalti que está temporada sí se señala, se libró de que Bernardo viera la segunda tarjeta y despreció unas cuantas ocasiones para decidir el choque. Fue, en definitiva, superior. Y empató. Después, eso sí, de recular, de dejar la iniciativa a un Dépor con más corazón que ideas, de perder todo el tiempo que pudo y de acabar concediendo un gol en el último e inevitable arreón que todo equipo que juegue al abrigo de su afición tiene. Así que Sandoval tiene derecho a rumiar un resultado injusto, aunque él haya puesto su granito de arena para disfrazar de uno más al mejor equipo de Segunda. La megafonía de Riazor le agradeció los regalos. Síntoma de buena vecindad y un noble gesto de hospitalidad.