Cuando uno va mayor le suceden motivos que, momentáneamente, parecen devolverlo a su juventud. En estos casos, acostumbro a tomarme un respiro y dar marcha atrás en el tiempo como una especie de relax que refresca la memoria, recordando con más detalle el motivo que puso en marcha la máquina de los recuerdos. Ayer, a primera hora, me sucedió esto leyendo en La Voz la información referente a Juan Carlos Rodríguez Cebrián, quien justifica aquello de que de casta le viene al galgo, pues su abuelo fue presidente del Real Club Deportivo: Jesús Cebrián Brizuela, dedicado a la exportación de garbanzos, alubias, ajos y cebollas que embarcaba con destino a la Habana. Jesús Cebrián Brizuela había llegado a la capital coruñesa procedente de Villafranca del Bierzo. Aquí se hizo popular por su acendrado deportivismo y antes de los partidos se le veía en la tribuna de Riazor, siempre rodeado de amigos y disimulando su nerviosismo con un cigarro habano. Fue el presidente que traspasó en 1962 a Amancio al Madrid por 12 millones en metálico y un par de jugadores.
Recuerdo que entonces me dijo: «Ahora voy a pensar en dejar la presidencia del Deportivo, antes de que se gaste este dinero y tenga que volver a poner alguno de mi bolsillo». Y lo dejó un par de años más tarde si bien antes, como él mismo temía, el club gastó el primer millón de pesetas en fichar a Miguel. Y otra cantidad menor por Larraz, quienes no pudieron evitar el descenso. Su nieto, Juan Carlos Rodríguez Cebrián, que ha descartado presentarse a las elecciones a la presidencia del Deportivo, finalmente no va a seguir los pasos de su abuelo.
Como curiosidad, decir que Cebrián Brizuela vivía en la calle de los presidentes, que era Alfredo Vicenti. Coincidieron cuatro presidentes: Enrique Gómez Jiménez, ingeniero jefe de Obras Públicas; Jesús Cebrián Brizuela, exportador; Antonio González Fernández, exfutbolista profesional; y José Iglesias Varela, industrial maderero y minero. Y los cuatro en la misma acera. También estaba José Pereira Revuelta, vicepresidente.