Un gravísima lesión le obligó a retirarse tras formar parte de los «Júnior de Oro» del balonmano español
04 oct 2021 . Actualizado a las 07:55 h.La casa familiar de Pablo Cacheda González (Lalín, 1992) está a escasos veinte metros del pabellón municipal al que acudía su abuelo, uno de los primeros socios, para ver los partidos del Balonmano Lalín. Así nació la pasión por un deporte que, dice Pablo, a los ocho años ocupaba ya el 80% de su vida. Su carrera germinó en el Octavio, creció en Valladolid y se quebró un mes de noviembre en La Rioja, durante un partido contra el Cangas. Cacheda, impetuoso central, era parte de la generación a la que llamaron los Júnior de Oro, junto a Álex Dujshebaev, Aitor Ariño o Ferrán Solé, y que había conquistado dos subcampeonatos del Mundo, uno de Europa, y un oro continental, el que se trajo de Bosnia. Hoy, todavía con alguna secuela de aquella lesión, entrena al equipo en el que empezó todo.
—¿Aspira a conquistar algo grande desde el banquillo?
—No tengo la ambición que tenía de joven. La vida de entrenador profesional es una vida que te lleva a muchos cambios, a ciudades diferentes. Desde que decidí volver a mi casa, lo que busco es estabilidad. Aquí la encontré. Tengo mi trabajo, a mi novia, mi familia... No aspiro a nada, estoy en el club de mi vida y seguiré mientras ellos quieran. Tendría que llegar algo muy importante para que renuncie a esto.
—La primera vez que se fue tenía 15 años y una ilusión terrible.
—Me llamó Quique Domínguez, que entonces entrenaba al Octavio en Asobal. Vino a mi casa, a hablar con mis padres. Me marché a Vigo como juvenil. Con 18 años, el Octavio me hizo mi primer contrato, por tres años. Me dieron 600 euros al mes. Me pagaban también la vivienda y las comidas, aunque no estaba dado de alta en la Seguridad Social. Es el punto de inflexión, el que me cambia la vida. En ese momento es cuando empiezo a plantearme que el balonmano puede ser mi profesión.
—El equipo desciende y le llama el Valladolid con la opción de un contrato profesional.
—Ahí sí que las cifras cambiaron. También cambió la situación. En Vigo era el chaval que todo lo que hacía era fantástico. Allí ya no, había otra responsabilidad. Entrené una semana y me rompí el ligamento cruzado de la rodilla derecha. Estuve siete meses y medio de baja. Cuando volví, la situación del equipo era muy delicada. Estábamos en descenso, la crisis institucional era muy grande por la deuda que se había generado y teníamos problemas para cobrar los salarios. De hecho, descendimos y el club desapareció.
—Tuvo la fortuna de recibir una oferta irrechazable en La Rioja.
—Volví de la lesión y, al tercer partido, vino el Barcelona a Valladolid. Me salieron las cosas muy bien ese día. Al acabar, me llamó mi agente, que era Valero Rivera, y me dijo que me ofrecían en Logroño un contrato por una temporada, con opción a dos más. Era un equipo Champions. No lo dudé. Fue una experiencia increíble. Viví el ambiente europeo en campos con 10.000 personas, estuvimos a punto de ganarle una Copa Asobal al Barcelona, me había llamado la selección absoluta por primera vez... Hasta que se fastidió todo.
—16 de noviembre del 2016, en Logroño, frente al Cangas.
—Me acuerdo perfectamente de todo. Era un miércoles, antes de jornada de Champions. Salí de cara. En una finta que realizo en una segunda oleada de contraataque, como las que llevaba haciendo toda mi vida, la rodilla se me giró. Cuando la miro, tengo la rótula en el lateral. Mientras me lamentaba, escuché a Ángel Fernández preguntándole al fisio si aquello era normal. «Es la primera vez que lo veo en mi vida», le contestó. La rodilla estaba completamente desfigurada. Pasé la noche con calmantes en el hospital, con mucho dolor. Me hicieron una resonancia el jueves y el viernes me dieron los resultados. Cuando el médico —el doctor Fernando Baró— pasó la puerta, su cara ya lo decía todo. Me dijo que me la había destrozado, que iríamos a quirófano y luego ya se vería.
—554 días de calvario hasta que, con 24 años, anuncia su retirada.
—Quería agarrarme a que me podía recuperar. Lloras, tienes ratos malos, te das cuenta de que las cosas no avanzan. Me preguntaba que por qué yo. Mi familia y mis amigos me sostuvieron. Un médico de la Seguridad Social me dio la incapacidad y ya no había más vueltas que darle. Si no paraba, había un riesgo grande de tener que ponerme una prótesis o de acabar en una silla de ruedas.
—Le quedaron muchas cosas pendientes en la pista.
—Sobre todo, jugar un gran torneo con la selección absoluta. Esa espina la tengo. No me doy cabezazos contra la pared, pero lo pienso. Los veo competir y me viene que uno podría ser yo.
—¿Lleva ahora una vida normal?
—Puedo correr, andar en bici y hacer deporte, siempre que sea yo solo. Muchas veces me gustaría meterme en algún partido de futbito de los que que echa el equipo, pero es imposible. Duele no poder jugar ni una pachanga con los colegas o hacer una pelea de tontería... Tener que protegerme continuamente. Eso es lo que peor llevo, pero soy feliz.
En corto
En la casa familiar de Lalín en la que nació la pasión por el balonmano de Pablo Cacheda, su padre, Jesús, ha convertido una de las habitaciones en un museo. Allí guarda medallas, recortes de prensa y reliquias de su tránsito profesional.
—Dígame quién es el compañero al que más admira.
—¿Podría quedarme con más de uno?. Álex Dujshebaev, Ángel Fernández y Pedro Rodríguez son los que más me han marcado y, a día de hoy, son amigos íntimos.
—Si le concedieran otra vida como profesional, pero en otro deporte, ¿cuál haría?
—El fútbol, supongo. Jugué hasta benjamines.
—¿De qué vive más allá de su papel como entrenador?
—Trabajo como administrativo en un centro deportivo.
—¿Cuál es la mejor manera de disfrutar de unas vacaciones?
—En una playa, con una cerveza. Si tuviera que elegir un viaje, me iría al Caribe.
—¿Y con qué plato acompañaría esa cerveza?
—Con la tortilla de patatas que hace mi madre.
—¿Qué coche conduce?
—Un Volvo XC40
—¿Qué teléfono móvil utiliza?
—Un Iphone.
—¿A quién llama más?
—A mi novia.
—¿Qúe red social prefiere?
—Instagram, sin duda.
—Recomiéndeme una serie.
—Cómo conocí a vuestra madre es una buena opción.
—¿Qué canción le viene ahora mismo a la mente?
—Una que me lleva acompañando toda la vida: Turnedo, de Iván Ferreiro.
—¿Cómo se lleva con la religión?. ¿Es creyente?
—No, no lo soy.