África Sempere, la «guerrera» que venció al cáncer

La ilicitana, que superó una leucemia detectada con siete años, recuerda su caso en el Día Mundial contra el Cáncer


Vigo

Cuando tenía solo siete años y el deporte que practicaba aún era el yudo, la actual jugadora del Guardés de División de Honor de balonmano África Sempere (Torrellano, Elche, 1992) comenzó a sentirse mal físicamente. De ser una niña normal que no paraba quieta pasó a estar siempre cansada, sin ganas de jugar ni de salir de casa. «Como si me hubieran quitado la energía», relata. Se pensó en un virus o algún problema menor, pero el diagnóstico de los médicos fue mucho más duro: padecía leucemia.

Hoy la deportista habla sin tapujos de aquel mazazo que, admite, marcó su vida y su personalidad tanto dentro como fuera de la pista. Incluso fue el detonante para que ella, familiar de la mítica yudoca Isabel Fernández y que a su corta edad había desarrollado una pasión por el yudo que le venía de serie, acabara en el balonmano. «Una vez curada me aconsejaron que buscara un deporte menos agresivo y fue así como empecé», recuerda la jugadora, que tiene experiencia internacional.

Cuando se remonta a aquellos «siete añitos» que tenía, constata que la parte de inconsciencia de lo sucedido, debido a su corta edad, no impidió que fuera «muy duro». «Estaba siempre con sueño, no me quería levantar de la cama, me notaba muy débil... En cuanto vieron que era algo continuo, me llevaron al hospital, me hicieron análisis y se descubrió lo que me ocurría», rememora. Le costó entenderlo: «No sabía lo que significaba eso. Me explicaron que iba a estar un tiempo en el hospital, con un tratamiento, y que me iba a recuperar», cuenta la joven.

El impacto de la caída del pelo

Ese intervalo de tiempo hasta que estuvo completamente restablecida se prolongó durante tres años en los que su vida cambió por completo. La caída del cabello es una de las vivencias más traumáticas a las que tuvo que enfrentarse. «Fue muy impactante. Me daba vergüenza ir al colegio y socializar con el resto de niños», admite Sempere, que no habla desde el rencor, sino desde la comprensión de que no dejaban de ser críos.

Porque no a todos les habían educado para convivir con una situación así. «A los más cercanos a mí, o aquellos con los que sus padres habían hablado del tema, les decían aquello de ‘África está malita y hay que cuidarla’. Pero otros, seguramente sin tener ni idea del daño que hacían, se metían conmigo con que si era un chico, con que estaba fea o intentaban quitarme jugando la gorra que solía llevar puesta», continúa.

Luego, además, sus ausencias por temporadas en las aulas mientras recibía quimioterapia dejaron paso a un año entero sin acudir a la escuela. «A nivel académico también me influyó, claro. Porque aunque en el hospital hay psicólogos y profesores que te dan clase, nunca te fuerzan. Cada paciente lleva su ritmo, hay veces que te sientes muy mal y lo que marca esas clases es cómo te vayas encontrando», explica.

Lo que sí le fue de gran ayuda fue coincidir con otros niños que estaban pasando por lo mismo y que, a diferencia de los compañeros del colegio, la entendían. «En la unidad de oncología te sientes reconfortada. Hacen grupos, hay asociaciones que colaboran y que se involucran... Se forma una familia que hace que todo sea más fácil y en la que te acogen con mucho cariño», subraya.

Alejada del deporte

Ya antes de detectársele la leucemia, el cansancio que arrastraba África le había hecho abandonar el yudo, un adiós que sería definitivo por desaconsejársele esa disciplina una vez recuperada. «Se me daba muy bien, era un deporte para el que tenía muchas habilidades y desde pequeñita solía ganar. Era muy luchadora», recuerda. Y subraya que la enfermedad, una vez superada, le hizo serlo aún más.

«Sin la leucemia no hubiera llegado al balonmano»

El cáncer ha marcado la vida de África Sempere, forjando su personalidad y, a mayores, encaminándola hacia el balonmano. La deportista es de las que piensan que de las experiencias más duras, si se tiene la suerte que ella tanto agradece de haber salido adelante, siempre se sacan cosas positivas. «Aprendes a valorar más la vida, a fijarte en las cosas que importan. Maduré mucho y me convertí en una persona muy positiva. Cuando sales de algo así, tienes que ser agradecido», reflexiona.

Además de abocarla al balonmano, la dolencia ha determinado su carácter como deportista, afirma convencida: «Cuando tienes la experiencia de la quimioterapia o de estar día a día en el hospital pinchándote, eso hace que tu nivel de sacrificio sea mayor. Una vez recuperada, afrontas los retos de la vida con mayor fortaleza y todos los problemas te parecen menores al lado de ese».

Curada de la leucemia, y al decirle que el yudo no era una buena opción para ella, probó el balonmano. «De no ser por el cáncer, hubiera seguido, no creo que nunca hubiera llegado al balonmano», apunta. Y eso que los inicios no fueron del todo satisfactorios. «Me gustó mucho, pero me costaba más que al resto de los compañeros», comenta. Llevaba mucho tiempo parada y además se sumaba a gente que llevaba tiempo practicándolo.

Sin embargo, a los dos años a África le ofrecieron una beca en un centro de alto rendimiento donde pudo recuperar el tiempo perdido. «Pasaba allí toda la semana y era intensivo, estudiábamos y hacíamos entrenamientos por la mañana y por la tarde. Aquello me dio el plus que me faltaba», explica.

El orgullo de haberlo superado

A día de hoy, el cáncer no es en absoluto un tema tabú en la vida de África. «Me gusta compartirlo por si puedo ayudar a quienes lo sufren. Que sepan que, si sales, hay vida después, como una persona más. Para mí es un orgullo decir que lo he superado», señala. Considera que no debe ocultarlo «para dar fuerza» a otros. «Todos conocemos gente que no ha salido y los que lo hemos superado tenemos que contarlo», finaliza.

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