Un año frenético y dos meses de infarto. Como si se tratara de la banda izquierda que durante su carrera deportiva trotó con tanta insistencia, Luis Rubiales no para. En ese tiempo, Rubi, para su entorno, o Pundonor Rubiales ?como le llamaban en sus tiempos de futbolista en aquel Levante tantas veces inmerso en impagos, amaños y descensos? ha ejercido de delfín de Villar, de utilizar a la AFE para incluir amigos en la asamblea, de convocar elecciones en pleno verano tras una vertiginosa modificación de los estatutos, de traicionar a Villar y de utilizar a la AFE ?para algunos, una agencia de colocación con 17 pagas anuales?, en la que dejó a uno de los suyos, para alcanzar el que ha sido su auténtico propósito: presidir la Federación Española de Fútbol. Lo consiguió, aunque tuvo bastante que ver la desidia de su oponente. Desde entonces, diez semanas para el recuerdo, poco más de dos meses en los que la prometida «transparencia y modernidad» solo ha sido un eslogan de lo que el hiperactivo Rubi es capaz de hacer con el poder: ruinoso manejo del caso Lopetegui, cambios en la dirección deportiva, conflictos con los patrocinadores a cuenta de algún viaje, lío por la Supercopa ?desveló una conversación privada? y una asamblea en la que el adalid de la transparencia se negó a responder por la investigación que le ha abierto tras la denuncia por administración desleal y corrupción entre particulares. Para Rubiales, la transparencia consiste en conseguir que la asamblea le apruebe unos ingresos anuales de 160.000 euros, además del 0,6 % de los patrocinios ?la federación ha presupuestado por este concepto 29,3 millones de euros?, casa de alto standing, coche y dos chóferes.
Eufórico y lenguaraz, quizá animado por la sorprendente presencia de Gianni Infantino y Aleksander Ceferin, mientras se sorteaba el calendario, Rubiales invitó a varias jugadoras internacionales a acercarse al escenario. «Mónica, ¿por qué no las invitamos? Sé que han venido un poquito medio en paños menores, así... podéis venir aquí», les dijo a las futbolistas que presenciaban el acto vestidas de forma informal. Así es Rubi, ni transparente ni moderno; o, como lo definió Cristina Pedroche tras el vergonzoso comentario: «No tendrá pelo, pero ahí hay caspa». Mucha.