«Solté un suspiro al quedarme ciego»

Aitor Francesena nació con una enfermedad que poco a poco le hizo perder la visión, aunque no le ha impedido seguir surfeando hasta ser campeón mundial

«Solté un suspiro al quedarme ciego» Aitor Francesena nació con una enfermedad que le hizo perder poco a poco la visión pero que no le ha impedido seguir practicando surf hasta convertirse en campeón mundial

Aitor Francesena es ciego. Aitor Francesena nació al lado del mar. Ambas cosas deben ser mencionadas porque no está claro cuál de las dos ha sido más influyente en la historia de este surfista nacido en Zarauz (1970) y que estos días celebra junto a la Federación Galega de Surf los veinte años de la institución. «Soy, como dicen algunos, el murciélago del mar».

Nació con glaucoma congénito y con tan solo cuatro meses de edad fue sometido a la primera operación para intentar retrasar lo inevitable. «Toda la vida he estado esperando para quedarme ciego». Tras la primera cirugía vendrían otras muchas hasta que con 14 años su ojo derecho dijo basta. Fue a los 36, con el glaucoma aparentemente estabilizado, cuando la cornea empezó a fallar. Había que trasplantar. «A perro flaco todo son pulgas. Me hicieron un trasplante de cornea y mi ojo lo rechazó, me hicieron un segundo y también salió mal y cuando estaba esperando por el tercero una ola me destrozó el ojo durante un entrenamiento. En el mismo momento del impacto supe que se había acabado».

Pero tras ese fundido a negro no vendría un «The End», más bien todo lo contrario. Era una señal de que todo volvía a empezar de nuevo. En ocasiones está bien que la vida no sea como una película de Hollywood.

Volver a empezar

No solo no dejó de entrenar a las nuevas camadas de jóvenes surfistas (formó a Aritz Aranburu, el gran profesional español) sino que el año pasado se proclamó campéon del mundo de surf adaptado en la categoría de invidentes en la playa de La Jolla, en California. «He estado entrenando a mucha gente y al final he sido campeón del mundo yo. Es algo increíble», decía entonces entre lágrimas nada más salir del agua en una entrevista que ya es historia del surf español.

Se dice que cuando un sentido se apaga el resto se agudizan. Suena a mito, como eso de los vascos y su testarudez casi de leyenda ante cualquiera que sea la empresa, pero si ven a Aitor saltar de una roca a otra, subirse a una tabla o interpretar el mar por el rumor de sus olas harían de estos estereotipos doctrina.

Ponemos a prueba su oído y le preguntamos con qué animo golpea esta tarde el Atlántico la arena de la playa del Orzán. Se sonríe. «Ahora mismo, por el sonido, sé que las olas tienen un tamaño de como mucho un metro y medio y que son orilleras porque caen y se deshacen». Con una mirada las dos personas que le acompañan lo confirman. Lo ha clavado.

Aitor asegura que es muy feliz. Lo dice con una sonrisa tan sincera que despeja cualquier tentación a la hora de sospechar de su palabra. Es más, por si quedasen dudas zanja el tema con una afirmación incontestable «He estado 42 años peleando para no quedarme ciego y el día que pasó lo primero que me salió fue un suspiro. Toda la vida estuve escapando, cada vez que veía a un ciego con un bastón giraba la cabeza diciendo que eso no iba conmigo y sin embargo cuando recibí el golpe lo primero que salió fue un suspiro. Un 'ya está, más abajo no se puede ir'».

Ayer fueron los aprendices más jóvenes de este deporte los que pudieron disfrutar en la playa de Bastiagueiro de sus enseñanzas que, con mucho, trascienden lo meramente deportivo.

¿Es hoy su ceguera consecuencia de una inconsciencia lanzándose al mar a la espera de un trasplante? «Me arriesgué haciendo lo que más me gusta. Lo prefiero así a que me hubiese pasado en un quirófano. No me arrepiento de nada». Y a ver quién le dice lo contrario.

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