De escupitajos y celebraciones


Lo que pasa en el terreno de juego se queda en el terreno de juego. Como si el campo fuera Las Vegas, pero sin el Bellagio. Ese uno de esos dogmas con los que se intentan zurcir rotos y descosidos. Una de las pastillas que nunca debe faltar en el botiquín de las justificaciones. Se añaden otros clásicos como aquello de que el fútbol es cosa de hombres y, con estos analgésicos sin receta, se van disimulando dolencias varias.

¿Hasta qué punto lanzar un escupitajo a un adversario durante un partido es una cuestión privada? ¿Está considerado ya el salivazo un lance del juego? ¿O es una cuestión de pareja? Casi. A menudo se excusan ciertos comportamientos de los jugadores mencionando sus pulsaciones. Como si con sus pies operasen a corazón abierto. Como si formaran parte de una operación encubierta para cazar a Bin Laden. Sucede algo similar con la grada, porque parece que es obligatorio relativizar los pecados de los ultras propios y escandalizarse después con los de los radicales ajenos. Indignarse si le leen a uno el diccionario de improperios de la «A» a la «Z» y hacerse el sordo cuando el repartidor de insultos llama a la puerta del adversario. En este ambiente contemplativo, quedan impunes muchos desmanes y se castigan gestos que no ofenden a nadie. Cavani rindió homenaje a las víctimas del accidente de avión del Chapecoense el pasado noviembre. Marcó un gol para el PSG y cometió el sacrilegio de sacarse la camiseta para mostrar una palabra de ánimo: «Fuerza». Una osadía sancionada con una tarjeta. ¿Cómo se atreve a buscar notoriedad más allá de la publicidad y de los mensajes convenientemente filtrados por clubes y ligas?

Afortunadamente, algunas cosas van cambiado. Durante años, los símbolos nazis camparon a sus anchas en diferentes estadios. En 1992 el holandés Guus Hiddink, entonces entrenador del Valencia, exigió que se retirara una bandera con una esvástica de la grada de Mestalla. No se le había ocurrido a nadie más. Como si aquello fuera lo más normal y estuviera previsto que Leni Riefenstahl se presentase un día cualquiera para realizar una nueva versión de El triunfo de la voluntad. No. No todo se queda en el campo. Hay destierros ganados a pulso.

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