Esperemos que el mejor equipo de nuestra historia, no termine con un Nigeriazo, porque sería el acabose. La segunda derrota nos aboca al precipicio, a un salto mortal, a levitar por una cuerda encima de un acantilado sin red. Sin margen ya de error y con un camino muy complicado. Vienen curvas.
Malas sensaciones. Estamos tristes. Supongo que será el paso el tiempo. Pero habituados a la magia de este grupo, el juego de España está muy lejos de lo que nos ha ofrecido a lo largo de los años. Hacemos un poco de catenaccio. Vamos justos. Por dentro y por fuera. El 1/11 en triples tras los primeros 30 minutos, no es sólo desacierto. Son muchos disparos fuera de foco, como muy apurados, en situaciones complejas. Está en el tejido del juego. Y no pinta nada sencillo de arreglar.
Brasil nos ganó por ahogamiento. Por sufrimiento. Por menos desconcierto. Apenas corrió España. Nos falta chispa, alegría. La derrota con Croacia dejó cicatrices. Ricky, creo, no recuperable. Mirotic sólo se le espera desde la línea de 3 puntos. Y ayer, no estuvo. El ala pívot de los Bulls facilitó la canasta decisiva en un agujero negro de la defensa hispana. Los locales nos ganaron la espalda una y otra vez desde el lado de ayuda, anotando cestas sencillas bajo el aro. Además de lo del alero alto, que eso ya estaba previsto.
Una zona, bien por diseño táctico diferente, bien por ocultación de nuestras heridas, nos sirvió para volver al partido por dos veces. Pero está claro que necesitamos agua fresca. Porque los rivales saben donde está el manantial. Y lo ahogan. Cuatro jugadores en los 30 minutos otra vez. Mucha diferencia. Entre el agua de la traída y el agua del pozo. Una España de dos velocidades. Ahora somos una manada de lobos bajo acecho. Por la historia, los recuerdos y las ganas de cerrar con una alegría el ciclo más dorado que jamás hemos soñado en el baloncesto español. Ojalá encontremos la solución. Esta selección bien lo merece.
Alberto Blanco es entrenador ayudante del Lietuvos Rytas.