«Se me quedó cara de tonto»

La etapa reina del Tour en la que Hincapie le birló la victoria a Óscar Pereiro

Afp

redacción / La voz

Era un día caluroso, de esos en los que el asfalto del Tour de Francia parece que se achicharra. Bajo el sol de los Pirineos, la etapa reina del 2005. Seis puertos por delante (Portet d´Aspet, Menté, Portillon, Peyresourde, Val Louron y final en Pla d´Adet) en 205,5 kilómetros. Uno de segunda, cuatro de primera y el último esfuerzo en un fuera de categoría, en una pendiente media del 8,3%. Armstrong, Ullrich y Basso se disputaban el podio de París. Pero ya desde las primeras rampas se adivinaba que el pelotón acabaría desgajado en mil pedazos en su camino hacia la meta. Empezaron los ataques. Demarrajes de hombres con piernas. Era el epílogo de la segunda semana y cuando se alcanzan esas alturas de la carrera más exigente del mundo, sólo a los mejores les quedan fuerzas para arrancar. Cuando cuajó la escapada del día, con una decena de unidades, un ciclista del Phonak se puso en cabeza. Tiró hasta en las cuestas abajo. Hizo lo que solía hacer cada vez que se enfundaba un maillot: exprimir hasta la última gota de sudar, pedalear a tumba abierta. Era Óscar Pereiro (Mos, 1977). El mismo que al año siguiente acabaría ganando la general del Tour y el que dos días después de que Hincapie le birlase el triunfo a doscientos metros de la llegada volvió a apretar los dientes para esta vez sí, levantar los brazos en Pau ante la mirada atónita de Mazzoleni, Zandio y Cadel Evans, que habían visto cómo Pereiro se había repuesto de una avería mecánica que lo había dejado descolgado.

De hecho, aquella preciosa etapa reina del 2005 se habría quedado en el olvido si el propio Óscar Pereiro no se encargase de rescatarla la semana pasada -es cierto que no era la primera vez que contaba la anécdota-. En una de las tertulias a las que asiste, desveló que aquel día creyó que le había comprado la etapa a Hincapie, el único de los fugados que aguantó su ritmo asfixiante en la ascensión definitiva, pero, en realidad, se la había vendido. Pereiro, como ya había hecho en otras ocasiones, contó cómo ese día se le acercó el norteamericano a poco de coronar y le dijo: «50.000». «Hice mis cálculos y con la prima que tenía del equipo por la etapa y el premio de la carrera, me salían las cuentas... yo le pagaba y él no me disputaba la victoria», explica el gallego siempre que narra el episodio. «Estaba como loco por ganar mi primera etapa en el Tour y es cierto que era el que más me había desgastado en la fuga, pero era el más fuerte, lo habría dejado de rueda igual».

Sin embargo, con ese pacto, Pereiro se evitaba sorpresas. En las imágenes de televisión se les ve hablando un par de veces. Son intercambios cortos, en trozos de asfalto repletos de público y «con el corazón a doscientas pulsaciones». Y después de eso, siguió hacia arriba con esa marcheta machacona que imponía cada vez que tenía el día dulce, cada vez que se preparaba para sufrir. Y con 27 años, cerca de cumplir los 28, vivía su madurez como deportista. «Cuando nos encontrábamos a 250 metros de la llegada compruebo que Hincapie me arranca. Se me quedó cara de tonto. Era una distancia demasiado corta para reaccionar. Al llegar a meta no sabía qué decir», confiesa. Su cara estaba desencajada. Los que habían visto el desenlace lo achacan a su inexperiencia frente a la de un viejo rockero del golpe de riñón. Pereiro ya había hecho un undécimo en la general del Giro y ganado pruebas tan prestigiosas como la Clásica de los Alpes.

«Ya en el hotel, Hincapie se acercó a mí con un sobre y no eran los 50.000 euros o dólares que habíamos pactado -la cantidad se quedó en 10.000 euros-. Hasta eso debí entender mal. Lo cogí con una rabia impresionante». La confesión de Pereiro, que estos días encontró el altavoz de la televisión, le provocó un reguero de críticas en las redes sociales. Pero la forma en que lo explicó generó confusión y muchos entendieron que lo que realmente había hecho el gallego es dejarse perder a cambio de dinero. Por eso él trató de defenderse: «¡Cómo iba a vender yo una etapa si estaba deseando tener mi primera en el Tour!». Aún así el mercadeo con Hincapie, en un sentido o en otro, no pasaría el filtro de ningún código deontológico del deporte. Pero la realidad del ser humano en no pocas ocasiones sobrepasa cualquier límite ético.

Tras aquella decepción, Pereiro se levantó de la mejor manera posible. Después del día de descanso, en la etapa que despedía los Pirineos, el ciclista de Mos se hizo gigante. En ruta hacia Pau, en las pendientes del Marie-Blanque, se marchó de lo más selecto del pelotón. Nadie quiso o pudo mantenerle el pulso y fue atrapando, poco a poco, los restos de varias escapadas. Se encontró en ese periplo a Marcos Serrano que lo vio pasar. Coronó en segunda posición el Aubisque, solo detrás de Evans, al que dio caza en el descenso. Mazzoleni también se les unió. Pero una avería relegó a Pereiro, que se apoyó en Zandío para volver a enlazar y esprintar más rápido que nadie en Pau.

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