El primer mohicano

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

DEPORTES

Un día de verano del 2000 una voz anunciaba en la televisión que había que conectar con la bahía de Sídney. Porque había un gallego que no iba mal en la prueba de triatlón. Ahí estaba un chaval menudo y fibroso, un tal Iván Raña, a punto de lograr un diploma olímpico que no figuraba en ninguna quiniela. Y eso obligó a España a aprender en qué consistía aquel deporte en el que los atletas comenzaban nadando, salían del agua directos hacia la bicicleta y acababan calzándose otras zapatillas diferentes para correr hacia la meta. Parecía un exotismo para locos más propio de Nueva Zelanda, Australia o Estados Unidos. Una excentricidad pasajera. Una moda. Aquí Raña tuvo que explicar en más de una entrevista que competían en el mar, en ríos, en lagos... Que no, que los ciento y pico del Mundial no caben en una piscina. Que sí, que en otros países los campeonatos movían a miles de aficionados. El humorista Carlos Blanco dijo una vez en uno de sus monólogos que Iván había elegido el triatlón porque, como buen gallego, no se decidía entre la natación, el ciclismo y el atletismo. Solo un espíritu libre podía adentrarse en terra incognita sin seguir la estela de nadie. Como diría Gerard Piqué: Iván Raña, contigo empezó todo. Él abrió la espita del triatlón y de la mejor generación de deportistas gallegos de la historia. Les demostró que desde Galicia se podía conquistar el mundo y poco después llegaron Gómez Noya, David Cal, Óscar Pereiro, Perucho, Teresa Portela... Raña fue el primer mohicano. En más de un sentido. Siempre ha vivido el deporte con una pasión primitiva, casi tribal. Bebiendo hasta el último sorbo, ya sea de la Copa del Mundo, de la carrera entre amigos o del entrenamiento rutinario. Admirando más la anarquía del ataque que el mecanismo del cálculo. Hablando de sus mayores rivales con la veneración del fan. Fascinado cada día. Siguiendo los impulsos de un corazón salvaje.