Tengo claro que las marcas necesitan evolucionar, probar nuevos materiales, diferentes sistemas que aporten mejoras a los ciclistas. Es el flujo natural de la vida. También el ser humano progresa. Pero en el caso concreto de los frenos de disco lo que está en cuestión no es si el dispositivo incrementa las prestaciones de la frenada, sino si su utilización en el pelotón entraña riesgos por encima de las ventajas que aportan. Por lo que le ha ocurrido a Fran Ventoso en la París-Roubaix la respuesta parece clara: un accidente de este tipo no se debería repetir.
Y no entiendo que la UCI, cuando autorizó su uso, no hubiese previsto la posibilidad de que se diesen incidentes de este calibre. Ya entonces había serias dudas por parte de los corredores sobre su peligrosidad. Esas dudas hoy se han convertido en una realidad. Toda salto adelante debe hacerse bajo unos parámetros de seguridad que en esta ocasión están en cuestión.
Y lo que tampoco entiendo es que nadie hubiese diseñado ya una protección eficaz para los discos. Antes el problema que había era el del peso que podrían aportar a la bicicleta, pero en estos momentos los fabricantes han conseguido implementar materiales tan ligeros que hasta tienen que lastrar los cuadros para que se adapten al peso reglamentario. Sin ese inconveniente, la solución no parece demasiado complicada.