Sus padres rehipotecaron dos veces su casa para sufragar su despegue como amateur
12 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Hace apenas un mes, Danny Willett dudaba si acudir a su segundo Masters. Esperaba el nacimiento de su primer hijo para el día 11 de abril, ayer. Pero el parto se adelantó y Zachariah James llegó ocho días antes del inicio del primer grande del año. Su padre fue el último en confirmar su presencia en Augusta. El domingo abandonó el campo como ganador, el valiente que aprovechó el colapso de Jordan Spieth. Tres calles por delante, Willett, inglés sensato y con un juego completísimo, trabajó su remontada golpe a golpe; por detrás, Spieth firmó un cuádruple bogey en el hoyo 12, con dos bolas al agua seguidas, y entregó la victoria al aspirante, hasta ayer número 12 del ránking mundial, y ahora noveno. Al terminar antes que varios rivales, mientras esperaba, Willett llamó a casa. El padre primerizo de 28 años iba a regresar con un cheque de un millón y medio de euros y una chaqueta verde en la maleta.
Nacido en Sheffield, hijo de un pastor de la iglesia anglicana y una sueca profesora de matemáticas, Willett empezó a jugar con 11 años. Y se enganchó porque en el golf podía ganarle a sus hermanos mayores. Cuando de adolescente se unió a la Jacksonville State University, cuentan que le preguntaron qué asignaturas elegía y respondió algo así como «da igual, yo seré golfista profesional». Aunque Estados Unidos le hizo madurar, su sueño requería gastos elevados. Y sus padres llegaron a rehipotecar un par de veces su casa para pagar sus viajes como aficionado. Su talento lo convirtió en el número uno del ránking mundial de aficionados.
Profesional desde el 2008, hace un tiempo que Willett combina en su calendario pruebas del circuito europeo y el PGA. Ganador de cuatro títulos previos, sexto en el último Open Británico en St. Andrews, Willett interpretó Augusta sin apenas experiencia. Solo había jugado un Masters. Se agarró al campo durante los tres primeros días, tan incómodos por el viento, con tarjetas de 70, 74 y 72 golpes, y lanzó su ataque cuando el recorrido se volvió más amable. El domingo, con su amigo Lee Westwood como compañero de partida, entregó una tarjeta de 67 golpes (-5) para un total de 283 (-5), tres menos que Spieth y Westwood.
Su familia mostró con espontaneidad su forma de vivir el Masters desde Inglaterra. El sábado, con dos rondas por jugar, su hermana escribió: «Sin presión este fin de semana, Danny Willett, pero nosotros hemos puesto nuestra casa y los ahorros de nuestra vida para un buen final para ti. Piensa en tus sobrinos». Y las bromas de su hermano lo convirtieron en campeón en Twitter.
Mientras Willett se abrazaba con su cadi en un sofá, Spieth mantuvo la compostura como pudo. Primero para conceder una rápida entrevista evitando derrumbarse. «Es duro, realmente duro», empezó admitiendo. «Sé que tengo posibilidades de volver a ganar aquí, pero he sufrido 30 minutos muy difíciles», reconoció antes de asumir un papel protagonista, también, en la entronización de su verdugo. Porque el campeón saliente ayuda al entrante a ponerse la chaqueta verde. «Me alegro por Danny, pero no creo que alguien haya tenido en Augusta una ceremonia tan dura como yo», añadió el texano, de 22 años. «Esto me va a doler, quizá bastante tiempo». La pena de Spieth, la gloria de Willett.