La idea de Clemente y la idea de Johan


¿Cómo se alcanza la eternidad? Nadie posee la fórmula del éxito y nadie en su sano juicio puede escribir una guía con las claves para trascender al paso del tiempo. Johan Cruyff hizo historia como futbolista, con un concepto del juego diferente que maravilló sobre el césped, bien con la camiseta del Ajax, bien con la del Barça, o bien con la naranja holandesa. Pero como entrenador elevó su categoría a un nivel superlativo, lo que es mucho decir cuando hablamos de uno de los cuatro jugadores más importantes de la historia del fútbol.

En el banquillo del Barça manejó un grupo de extraordinarios futbolistas. Todos nos acordamos de la salida de balón y el golpeo de Koeman, de la dirección de Guardiola, la calidad de Eusebio, el trabajo y la llegada de Bakero, la magia de Laudrup y la verticalidad y entusiasmo de Stoichkov, por citar a varios de los titulares que le dieron al Barcelona su primera Copa de Europa en 1992. Eran grandes, cierto, pero al mismo fueron figurantes de algo de mucho mayor calado, que era la revolución que Cruyff estaba desarrollando en el fútbol. Sin duda, para perdurar en las memorias Johan Cruyff se hizo valer de un elemento indispensable, el carisma. Sin una personalidad arrolladora difícilmente se alcanza la gloria. Solo así alguien puede enfrentarse al pensamiento dominante en una época, gracias a su carisma y a su valentía.

Otro aspecto clave en la obra de Cruyff, como en la de la mayoría de los genios fue su radicalidad. Johan era ya una celebridad y como técnico podría haber elegido unos planteamientos conservadores que protegieran su estatus de estrella en el fútbol, pero apostó por un planteamiento radical, por una forma de entender el fútbol muy opuesta a la existente. Muchos se hacían la señal de la cruz cuando el Barça guarecía la portería de Zubizarreta con tres defensas.

Obviamente, además del carisma y la radicalidad, Cruyff tuvo el don de la oportunidad, de coincidir en el tiempo con un grupo de jugadores y en un club que se le entregó a la causa. Y luego llegaron los resultados, sin los cuales trascender resulta una quimera. Cruyff ganó cuatro ligas, una Copa del Rey, una Recopa y una Copa de Europa en el Barça. Quizá le faltó un mayor botín continental, pero por ahí andaba el Milan de Capello que le cortó las alas en el 94.

Pero no han sido pocos los entrenadores que han reunido estas características apuntadas a Cruyff. Sirva un ejemplo antagónico (y discúlpese la licencia): el controvertido Javier Clemente. El rubio de Baracaldo rebosaba carisma, era radical en sus planteamientos, cogió al Athletic en un momento oportunísimo y logró dos títulos de Liga y una Copa. Sin embargo, su figura (salvo en Bilbao) se está diluyendo en la historia como un azucarillo. Porque al final, lo fundamental, es la idea. La de Clemente, como la de muchos otros, era crear ejércitos e ir a la guerra para ganar. La de Johan era engrandecer el fútbol y alcanzar las victorias a través de la exaltación del juego. Abrió un nuevo camino. Todo por el fútbol y para el fútbol. La cuestión no es ganar mucho, sino hacerlo de una forma en la que ganemos todos. Y eso ha sido la gran obra del holandés, que la victoria y la derrota, con ser importantes, quedan sometidas a la grandeza del juego. Por todo ello, a Cruyff nunca le echaremos de menos porque su idea nos trascenderá a todos.

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